Levantarse un lunes por la mañana deseando que sea viernes no es nada raro. Mi problema ha sido el poco sueño del que he disfrutado por la noche. La guinda del pastel de un fin de semana bien aprovechado, y con tropiezo-problema incluido, fue una cena en la nueva casa de mi amiga Sandra.
Como cualquier otro domingo a las siete de la tardeen que me hubiera caido en la nieve, estropeando la cámara y abriéndome una brecha en la mejilla*, estaba yo tumbado en la cama leyendo el periódico, mirando mi correo y escuchando la radio cuando me llamó mi amiga y me invitó a cenar.
Llegué empapado tras un rato de caminata (como en mi antigua casa, ella está a veinte minutos del centro, del que yo estoy, en el extremo opuesto, a quince minutos), porque el cielo decidió que, después de la nieve de la mañana, no se iba a estar callado. Sea como fuere, allí nos juntamos la co-arrendataria, una visita de Galicia, una pareja argentina y la hermana de la parte femenina contratante (del matrimonio).
A las doce menos cuarto, oiga usted, salía yo camino de mi casa, después de haber dado buena cuenta de un par de chupitos de licor de café (gracias, Sara), una tarta (bueno, una porción de la misma)(gracias, Luis), una botella de vino (sólo un par de vasitos) y una tremenda lasaña (gracias, otra vez, Sara). Con todo lo anterior ¿quién se acuesta? Pues yo no lo hice hasta mas allá de la una de la mañana...para (¿el aceite de la carne de la lasaña?) no parar de dar vueltas en toda la noche, y a las siete de la mañana, más de una hora antes de aquella a la que tenía que levantarme, rendirme a la evidencia de que ni siquiera habían sido seis mis horas de sueño.
Por eso hoy, lunes, he estado todo el día con este aspecto mental:

*no ha sido para tanto, ya os lo contaré otro día!
Como cualquier otro domingo a las siete de la tarde
Llegué empapado tras un rato de caminata (como en mi antigua casa, ella está a veinte minutos del centro, del que yo estoy, en el extremo opuesto, a quince minutos), porque el cielo decidió que, después de la nieve de la mañana, no se iba a estar callado. Sea como fuere, allí nos juntamos la co-arrendataria, una visita de Galicia, una pareja argentina y la hermana de la parte femenina contratante (del matrimonio).
A las doce menos cuarto, oiga usted, salía yo camino de mi casa, después de haber dado buena cuenta de un par de chupitos de licor de café (gracias, Sara), una tarta (bueno, una porción de la misma)(gracias, Luis), una botella de vino (sólo un par de vasitos) y una tremenda lasaña (gracias, otra vez, Sara). Con todo lo anterior ¿quién se acuesta? Pues yo no lo hice hasta mas allá de la una de la mañana...para (¿el aceite de la carne de la lasaña?) no parar de dar vueltas en toda la noche, y a las siete de la mañana, más de una hora antes de aquella a la que tenía que levantarme, rendirme a la evidencia de que ni siquiera habían sido seis mis horas de sueño.
Por eso hoy, lunes, he estado todo el día con este aspecto mental:

*no ha sido para tanto, ya os lo contaré otro día!











1 comentario:
Tenga usted cuidado con las Sandras, se lo digo yo...
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