“Pues no se lo puedo quitar, voy a tener que anularlo y hacerle un vale…a ver, un momentín…¡Mari!, ¿puedes venir porfa?”
Y mis dos cajas de preservativos sobre la cinta de la caja, estoicamente a la vista de todo el mundo.
Cuando uno viaja a España siempre se trae como encargos las cosas que no hay en Irlanda o que aquí son más caras y que agrupo alegremente en dos categorías que me dan para cubrirlo todo:
a) Necesidades. Como la comida española (chorizo, fuet, lomo, Ruffless Jamón Jamón, latas de fabada, etc). o los productos de farmacia y estética (medicinas, champús, etc.)
b) Vicios. La bebida y el tabaco están fuertemente gravados en Irlanda, aunque eso no disuade a bebedores y fumadores, que intentan aprovisionarse de los mismos en países donde el IVA no es del 21,5%. Los impuestos especiales provocan además la paradoja de que sea más barato comprar whiskey Jameson o crema de licor Baileys en España (donde son productos importados) que en Irlanda (el país donde se producen los mismos). Y, para otro vicio/placer, como es el sexo, aquí los preservativos tienen el dudoso honor de ser el país de la UE en que más caro cuestan. No se si eso explica la alta tasa de natalidad entre adolescentes, pero eso es otra historia.
De acuerdo, de acuerdo, si te compras un ordenador, una DS o un móvil, suele ser más barato en España, y no entra en la categoría de “Comida” (a veces en la de “Vicio”), pero ese tipo de adquisiciones no es algo que se haga cuatro veces al año, ¿o sí?.
El caso es que el viernes por la tarde me encontré en El Corte Inglés, al lado de casa, con una lista mental de “yaques”…el famoso ”Ya que te vas a España y vas a facturar una maleta, ¿me puedes traer…?”
Y, después de recorrer los pasillos, me situé en la cola de una caja y al llegar mi turno deposité en la cinta mecánica:
1 Botella de Jameson
1 Botella de Baileys
4 latas de fabada
2 latas de lentejas con chorizo
2 cajas de preservativos
¡Cualquiera pensaría que estaba preparando una orgía alcohólico-gastronómico-sexual! En lo que yo pensaba es en el corte que me estaba dando ver esos dos envases de preservativos allí encima, a la vista de todo el mundo. Uno, que para esas cosas tiene una timidez que roza en lo patológico, cuando ha necesitado comprar ese artículo ha optado por las máquinas expendedoras (las más de las veces) o ir a farmacias en las que nunca he entrado a comprar nada (las menos).
Y fue justamente cuando las botellas y latas rodaban por la cinta, empujando a las dos nada discretas cajitas (a mi nervioso parecer), cuando el anterior cliente revisa el ticket de compra y le hace notar a la cajera que le ha cobrado una botella de refresco que, de acuerdo a la promoción, era gratuita al comprar otro artículo.
Las botellas, ajenas a este error pero respetuosas con las leyes de la físca, siguen rodando al pararse el movimiento de la cinta, y mi explicita mercancía acaba en la mano de la cajera que estaba ya dispuesta a pasarlas por el escáner.
El niño de gafas que llevo dentro empieza a sudar y sólo pide que todo pase pronto, que no haya ningún vecino en la cola detrás de él (ni que decir tiene que mi cabeza no se giró en ningún momento, no se que me viera algún conocido) y que al cliente le reembolsen su puñetero euro de una vez por todas. Los dos minutos que tardó en venir Mari, hacer una marca con el bolígrafo en el ticket y llevarselo hacia la caja central, acompañada del cliente y su cargado carrito, se me hicieron, básicamente, eternos. Y no, no me tragó la tierra.
Y sí, las dos cajas hicieron pitar la alarma de los arcos metálicos cuando salía por la puerta de la tienda.
Y mis dos cajas de preservativos sobre la cinta de la caja, estoicamente a la vista de todo el mundo.
Cuando uno viaja a España siempre se trae como encargos las cosas que no hay en Irlanda o que aquí son más caras y que agrupo alegremente en dos categorías que me dan para cubrirlo todo:
a) Necesidades. Como la comida española (chorizo, fuet, lomo, Ruffless Jamón Jamón, latas de fabada, etc). o los productos de farmacia y estética (medicinas, champús, etc.)
b) Vicios. La bebida y el tabaco están fuertemente gravados en Irlanda, aunque eso no disuade a bebedores y fumadores, que intentan aprovisionarse de los mismos en países donde el IVA no es del 21,5%. Los impuestos especiales provocan además la paradoja de que sea más barato comprar whiskey Jameson o crema de licor Baileys en España (donde son productos importados) que en Irlanda (el país donde se producen los mismos). Y, para otro vicio/placer, como es el sexo, aquí los preservativos tienen el dudoso honor de ser el país de la UE en que más caro cuestan. No se si eso explica la alta tasa de natalidad entre adolescentes, pero eso es otra historia.
De acuerdo, de acuerdo, si te compras un ordenador, una DS o un móvil, suele ser más barato en España, y no entra en la categoría de “Comida” (a veces en la de “Vicio”), pero ese tipo de adquisiciones no es algo que se haga cuatro veces al año, ¿o sí?.
El caso es que el viernes por la tarde me encontré en El Corte Inglés, al lado de casa, con una lista mental de “yaques”…el famoso ”Ya que te vas a España y vas a facturar una maleta, ¿me puedes traer…?”
Y, después de recorrer los pasillos, me situé en la cola de una caja y al llegar mi turno deposité en la cinta mecánica:
1 Botella de Jameson
1 Botella de Baileys
4 latas de fabada
2 latas de lentejas con chorizo
2 cajas de preservativos
¡Cualquiera pensaría que estaba preparando una orgía alcohólico-gastronómico-sexual! En lo que yo pensaba es en el corte que me estaba dando ver esos dos envases de preservativos allí encima, a la vista de todo el mundo. Uno, que para esas cosas tiene una timidez que roza en lo patológico, cuando ha necesitado comprar ese artículo ha optado por las máquinas expendedoras (las más de las veces) o ir a farmacias en las que nunca he entrado a comprar nada (las menos).
Y fue justamente cuando las botellas y latas rodaban por la cinta, empujando a las dos nada discretas cajitas (a mi nervioso parecer), cuando el anterior cliente revisa el ticket de compra y le hace notar a la cajera que le ha cobrado una botella de refresco que, de acuerdo a la promoción, era gratuita al comprar otro artículo.
Las botellas, ajenas a este error pero respetuosas con las leyes de la físca, siguen rodando al pararse el movimiento de la cinta, y mi explicita mercancía acaba en la mano de la cajera que estaba ya dispuesta a pasarlas por el escáner.
El niño de gafas que llevo dentro empieza a sudar y sólo pide que todo pase pronto, que no haya ningún vecino en la cola detrás de él (ni que decir tiene que mi cabeza no se giró en ningún momento, no se que me viera algún conocido) y que al cliente le reembolsen su puñetero euro de una vez por todas. Los dos minutos que tardó en venir Mari, hacer una marca con el bolígrafo en el ticket y llevarselo hacia la caja central, acompañada del cliente y su cargado carrito, se me hicieron, básicamente, eternos. Y no, no me tragó la tierra.
Y sí, las dos cajas hicieron pitar la alarma de los arcos metálicos cuando salía por la puerta de la tienda.











3 comentarios:
Avistu:
Es uno de tus escritos mas graciosos que he leido. A todos nos ha pasado alguna vez lo que ha tí. Te felicito por haberlo expresado tan bien como lo has hecho aunque no entendí muy bien pq te pitó la alarma...
Un saludo. Carlos.
Perdón, por la falta: quería decir lo que "a ti". Una saludo.
Carlos
Cargado con mis bolsas me acerco tranquilamente a la puerta y, para mi sorpresa, empieza ese pitido molesto que atrae todas las miradas.
Despacio, porque no tengo nada que ocultar, me encamino al guardia de seguridad más cercano que amablemente me pregunta si llevo cuchillas de afeitar. Yo contesto negativamente mientras deposito las bolsas en el suelo y él las pueda revisar...y ante la vision del lateral de la caja de preservativos, sonríe, se levanta y sentencia "Siempre pitan".
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