miércoles, 17 de febrero de 2010

La cifra

Todos tenemos una cifra en mente, la mayoría del tiempo y para la mayoría de la gente sólo salta al primer plano, a nuestro consciente, cuando algo hace crack, no click. Entonces llega la fantasía, la hipótesis, el cuento de la lechera. El coche más potente y extranjero, la casa más grande y en mejor zona, las vacaciones más largas y más lejos. La cifra sólo es dinero y el dinero es lo menos valioso del mundo. El dinero en sí mismo no vale nada, cueste lo que cueste.

El dinero sólo sirve para adquirir bienes.

Sólo hay dos tipos de compradores, los que buscan productos tangibles y los que se decantan por productos intangibles. Con la cifra yo compro tiempo y espacio. El tiempo es mi vida y lo que hago con ella, porque no puedo comprar otra y difícilmente puedo alargar de manera sustancial la que ya tengo. Recuperar lo vivido es imposible. El espacio es movimiento y, salvo el musgo y los árboles, sólo lo que se mueve está vivo.

Mi cifra es modesta y asumible, pero no por ello menos inalcanzable a día de hoy. Mi cifra es un millón de euros. Ni dos, ni cien, ni mil, sólo uno. Si hubiera nacido en Eritrea a lo mejor mi cifra eran mil euros. Si hubiera nacido en Berna a lo mejor mi cifra eran diez millones de euros. Pero he nacido en España y ahi, hoy, yo, mis circunstancias, deciden la cifra: un millón de euros.

La cifra invertida, sin riesgos ni caprichos, me da en cualquier banco dos mil euros al mes sin recurrir a expertos fiscales ni a tentaciones paralegales. Dos mil euros al mes me alojan, me dan de comer, me permiten beber y salir, me llevan a mis amigos y me los traen a casa, pero, sobre todo, compran tiempo.

Esos dos mil euros me regalan ocho o diez horas al día, envueltas en papel multicolor y con un bonito lazo. A su vez, yo puedo invertirlas en aprender otro idioma, en escribir un libro, en hacer un curso de lo que se me antoje, en irme a vivir durante una semana o diez a otro país. Mi cifra ha comprado mi libertad, mi libertad es mi vida, mi cifra es mi libertad.

¿Cúal es tu cifra y que harías tú con ella?



(foto tomada de: Hannaichi)

.

domingo, 14 de febrero de 2010

L'amour

Ha inspirado incontables obras de arte, bellísimos poemas, letras de canciones y supuestamente mantiene el planeta habitado. También ha empujado a muchos al suicidio, ha desatado alguna guerra y, pervertida su raiz, sus manos se han manchado con la sangre de ex-parejas y amantes.

Sesudos científicos lo reducen todo a impulsos neuronales, a la química del cerebro, a la huella genética o a como nos arropaba nuestra madre en la cuna. Otro aspecto más de nuestra vida que nos dicen que no controlamos, que no responde a nuestra voluntad.

Tal vez menos sesudos, pero no por ello tontos, comerciantes han convertido el 14 de Febrero en el mejor modo de superar la cuesta de Enero. Ellos, naturalmente. Si estas fechas tienes pareja, desde hace semanas te asaltan los mensajes desde vallas publicitarias, anuncios en televisión, radio, prensa, revistas, la bandeja de entrada de tu correo electrónico y, como no, Facebook.

Tarjeta con corazones. Una rosa roja. Una docena de flores. Una caja de bombones. Lencería. Cena romántica. Cena romántica y noche de hotel. Fin de semana en Ciudad Europea con Hotel Romántico. Fin de semana en un balneario, incluyendo tratamiento anti estress. Romántico, por supuesto.

“Un detalle”. Ay, amigo, como hoy no tengas por lo menos “un detalle” eres un rata, un egoísta y un insensible.

¿Un detalle?. Compra una botella de vino, cocina para ella, escucha su conversación a la luz de las velas y hazle el amor esta noche como si no llevarais juntos un mes, un año o una década.

Y no permitas que eso ocurra sólo una vez al año.

Feliz San Valentín.


.

sábado, 13 de febrero de 2010

Historias de desamor

Hay que ser ciego, sordo y estar en coma, encerrado en el sótano de un búnker en el desierto del Gobi para no haberse enterado de que mañana es un día “especial”, el momento del año en que se justifica y se exige el mostrar los “sentimientos”.

Pues nada, sin que os cueste un sólo euro, aquí os dejo (gentileza de YouTube) una recopilación de los sentimientos que no se mencionarán mañana, porque no todo son parejitas cogidas de la mano, sonrisas bobaliconas y besitos en el parque (permitidme el cinismo de la soltería).

A continuación, en toda su lírica y bella crudeza, la banda sonora de un par de momentos de nuestra vida por los que todos hemos pasado y nunca se sabe si volveremos a pasar, en versión anglosajona y en versión hispana:









La mayoría de la gente no se casa con su primera pareja, viven felices y comen perdices. De no ser así, los bares cerrarían a las once de la noche y la profesión con más paro no sería la de Filósofo sino la de abogado matrimonialista.

Las estadísticas y a lógica nos dicen que los que ahora estamos solteros hemos estado en pareja en algún otro momento, y que según la edad que se tenga, se han tenido relaciones largas o incluso se ha pasado por el Registro Civil. Pero si ahora estás, estamos, solteros, es porque algo no funcionó. Y cuando se rompió la relación, el corazón latía al compás de la música que he puesto más arriba.

Pero aquí estamos, vivitos y coleando, dispuestos a arriesgarnos una vez más si la recompensa lo justifica.

¿Moraleja? Lo más importante es que cuando eches la mirada hacia atrás no te arrepientas de nada de lo que has hecho.

Os dejo con dos grandes damas que lo pueden decir mucho mejor que yo.



.

jueves, 11 de febrero de 2010

Planning

Nunca he sido de hacer planes detallados a largo plazo. Como todo, tiene su lado positivo y su lado negativo. Por un lado, uno tiene flexibilidad suficiente como para aceptar los cambios, los reveses y los contratiempos, y también para recibir con más alegría las buenas noticias. Por otro lado, dirán los pesimistas, uno está a expensas de lo que ocurra y de lo que decidan otros, la Fortuna o un Ser Supremo. ¿El determinismo y la inevitabilidad frente al libre albedrío? Un poco de todo, a mí parecer, porque uno no puede controlar los elementos, pero si que puede hacer girar el timón, arriar las velas o desplegarlas conforme a su propia e individual voluntad. Que esas acciones le lleven a buen puerto o a la catástrofe de unos arrecifes, es otra cosa.

También habría que definir que es lo que entendemos por largo, medio o corto plazo. En ciertos países se vive día a día o incluso hora a hora. En otros, se hacen planes de pensiones antes de llegar a los treinta años. En general, con momentos en los que nos da un respiro, la vida es una putada (o una agonía en el sentido etimológico griego si queremos presumir de haber abierto un libro).

Acaba de terminar Enero y, aunque sólo restan los pequeños detalles, por planificar unos, por verlos venir otros, pero a un mes de haberlo estrenado, 2010 tiene ya marcadas las fechas más importantes en el calendario de mi mente.

Ya se algo que va a pasar dentro de cuatro meses (aunque me hayan pedido que lo reconsidere) ; también se que estas Navidades le hice el regalo de su vida a una persona muy especial y que se lo entregaré dentro de cinco meses; se que tendré que despedirme de una amiga dentro de seis, y que será en otro continente; que las fiestas de mi ciudad natal no me las perderé dentro de siete meses y que las Navidades no me verán comiendo pavo.

Si, también se que a veces escribo en clave, pero yo me entiendo ¿verdad?.

.

domingo, 7 de febrero de 2010

Uno no es tan soltero

Con motivo de mi texto publicado el sábado pasado en el que decía que llevaba tres días sin abrir la nevera de casa, he recibido multitud de llamadas telefónicas, correos electrónicos y a caballo e incluso varios faxes. El tono de preocupación, alarma e interés de todos ellos, enviados por distintas ONGs (como “Salvemos al Soltero” o “Solteros Sin Fronteras”) y agrupaciones de empresarios (“Asociación de Jovenes Cultivadores de Zanahorias” o “Colectivo de Plantadores de Boniatos”, entre otras), me obliga moralmente a escribir un texto para aclarar algunos puntos que pueden haber inducido a confusión.

No, mamá, no he dejado de beber leche. Estoy al tanto de la importancia del calcio en la dieta, aunque a mis años los huesos no van a hacerse muchos más fuertes. Pero es en el trabajo donde la bebo, servida directa de la nevera que almacena leche tanto entera como desnatada, esa que sólo toman los que tienen problemas de salud o los gordos (vamos, seamos sinceros, aparte de en los anuncios con maridos deportistas y esposas-madres estilizadas, ¿habéis visto a alguien sin problemas de sobrepeso diciendo “no, yo tomo sólo leche desnatada” en la vida real?).

No, mamá, no he dejado de comer, que soy consciente de que uno se muere si lo hace, aunque tú siempre me encuentras (cada vez más) delgado cuando me ves. Pero la semana pasada era la última de Enero y ese mes es final de trimestre (“Quarter end” decimos aquí) en la multinacional en la que trabajo. Eso significa que hay departamentos que echan más horas y todos arrimamos más el hombro para poder llegar a los objetivos del trimestre. Eso también significa que el miércoles, jueves y viernes la empresa nos puso en la cafetería sandwiches, bocadillos, bolsas de patatas fritas y refrescos para servirnos libre, y gratuitamente, a la hora de comer. Además, el jueves y el viernes por la tarde un servicio de catering nos trajo comida caliente, a elegir tres platos principales, un buffet de ensaladas y una variedad de tartas. Igualito, igualito que en España.

Claro, con todo lo anterior eran tres días básicamente sin hacer la compra y la nevera de un soltero siempre está más vacía que la del que vive en compañía. Y las cosas caducan. Y yo sólo compro leche los sábados, para echarle al café. Y una semana después de mi última compra láctea, que aquí sólo la venden fresca y por eso caduca a la semana, pues eso...

Tu hijo, que te quiere y no está en huelga de hambre.

.

sábado, 6 de febrero de 2010

Su consciente

Ambos nos acercamos al frontal de la cabina, separados del agente por una pequeña estructura acristalada que no cubría toda la altura de la misma. Entregábamos nuestros pasaportes al funcionario de turno y comprobaba que ambos teníamos el visado electrónico en regla. El siguiente paso era verificar el pasaporte en sí, y para ello lo introducía en la ranura de una pequeña máquina que leía el chip en el interior de su portada. Pasados unos segundos retiraba el de mi acompañante e introducía el mío. La pausa se extendía más de lo normal y notaba que algo raro pasaba.

El hombre uniformado levantaba la mirada y se acercaba otro agente de aduanas, que tomaba los dos pasaportes para examinarlos. El chip del documento de mi compañera de viaje era distinto al mío, su circular indicador lumínico presentaba un color rojo brillante mientras que el mío era del color ambarino de las farolas que se ven al sobrevolar urbanizaciones de noche.

“Este pasaporte no es válido para entrar en el país”, me decía en perfecto español,”no es el modelo electrónico requerido”. Acabábamos de aterrizar y se me hizo un nudo en la garganta, los ocho días de vacaciones se iban a tomar por saco ¿tendría que permanecer en la zona de transito?¿me embarcarían en el primer vuelo de vuelta a Europa?.

“Tendrá que pagar usted treinta euros para poder entrar”, y me señaló otro mostrador a un par de metros. Dios aprieta pero no ahoga, el sino de mi vida, pensé yo mientras me acercaba a la señora mayor que dominaba el cubículo con su presencia.

Ante mi pregunta de si aceptaban VISA, la mujer me respondió (en español al notar mi acento) que sí, por supuesto, así que eché mano de la cartera para sacar una tarjeta caducada el mes anterior y hacer mi primer gasto en territorio estadounidense.

Mientras tanto mi compañera de viaje, mi ex-novia I., me esperaba con su mochila a la espalda, junto a la puerta de salida.

(Toma material onírico, Sigmund, a ver que me cuentas que no se me haya pasado ya por la cabeza – sí, es un juego de palabras)

.