domingo, 26 de abril de 2009

Más kilómetros en las botas


El pasado domingo de tarde todo el personal de “La Chilostra” estaba tomando copas en un bar de la zona, lo cual no deja de ser normal. Lo que era menos habitual es que uno de los más populares establecimientos de cervezas y tostas (y estupendas y generosas tapas, por cierto) estuviera cerrado ni más ni menos que la noche del sábado. Una fiesta de cumpleaños para Paula (que comparte piso con mi entonces anfitrión y amigo Guillermo) fue la excusa perfecta para sacar a Blair, Pedro. Esteban y demás de detrás de la barra y ponerlos a empuñar cañas(1) propias, que no ajenas. Y whisky, of course.

Lo gracioso es que la fiesta sorpresa para la uruguaya dejó de serlo cuando, de camino a casa desde el trabajo, pasada la una de la mañana (es lo que tiene trabajar en establecimientos donde se sirven cenas), acompañada por Guillermo (que así se aseguraba de que nuestra amiga no hiciera ninguna parada inoportuna) no una sino dos veces, se encontró con gente que se excusó con ella...por no poder acudir esa noche.

Eso sí, cuando llegó a casa y se abrieron las puertas del salón y de una veintena de gargantas en su mayoría femeninas o feminizadas gritaron “¡Sorpresa!”, Paula puso su mejor cara de “que susto me habeis dado, no me esperaba esto, que lindo” y nadie se enteró. Si es que dentro de cada mujer hay una actriz que practica sus artes continuamente.

Que la fiesta acabara a las cinco de la mañana no fue, tampoco, ninguna sorpresa. Algunos de los más empecinados no nos resignamos y salimos a la caza del garito abierto. Y con ello acabamos cerrando dos bares para, tres horas después de abandonar la zona de Antón Martín, ir a comer pizza y tortilla en casa de Jorge, en Canillas (un lugar del que desconocía tanto su existencia como su proximidad al Aeropuerto). Repartidos entre sofá y cama, dormitamos el amanecer, que para mí resultó especialmente breve pues tenía una cita para el vermú del domingo de vuelta a casa, a donde deberían llegar Eva y Nuria para, con un resucitado Guillermo, irnos los cuatro a, originalidad total, “La Chilostra”

Mientras escribo estás líneas, a 199 kilómetros por hora, en el Alvia que salió de Chamartin a las 06.50 con destino Asturias, me pregunto por qué narices no estoy durmiendo. Ayer, y ya eran tres noches seguidas (porque el viernes “se me sacó” a tomar unas cañas) volví a acostarme tarde, por decir algo. Una estupenda fondué preparada por Guillermo (cambiando el pan y queso por carne y aceite) terminó, como ocurre cada vez que me quedo en su casa, con una charla de amigos con el ruido de fondo de cubitos derritiéndose en sendos vasos de Santa Teresa y White Label.

Para cuando acabé de preparar la mochila y de enviar los últimos emails (ya que en Avilés mi acceso a Internet está limitado a las visitas a casa de mi amigo Chus, mi tía Araceli o – si la meteorología lo permite – disfrutar desde un banco de la – espero que aún – gratuita red WiFi del Ayuntamiento por el centro urbano), eran pasadas las tres de la mañana. Y a las cinco y media, en pie para darme un madrugador paseo hasta Atocha, coger un cercanías a Chamartín, subirme a un tren con pico de pato que me deja a las 11.26 en Oviedo, pillar por los pelos el ALSA de las 11.30 a Avilés y subir a casa en el autobús de las 12.

A las 12.30, por fín, me echaba una merecida, e indecentemente prolongada, siesta.


(1) Curiosamente a lo que en Madrid llaman “cañas” no deja de ser lo que los asturianos llaman un corto, pues harían falta dos de ellos para llenar el vaso de tubo en el que nosotros las tomamos. Cosas de los del Norte, imagino.


(Nota: Obviamente, aunque lo publique hoy, hace días que escribí el texto, pero la falta de medios...)

.

jueves, 16 de abril de 2009

¡Gracias Metro de Madrid!

Haciendo cálculos de las veces que tendré que pillar el Metro estos días y en las ocasiones que aún me quedan por venir a la capital, decidí comprarme un humilde bono de 10 viajes de Metro. Así que esta mañana en lugar de pedirle a la máquina un billete de un viaje, solté alegremente un billetito de 20 euros (no llevaba encima uno de 10)y seleccioné la opción correspondiente en la pantalla táctil. Unos segundos después, 12,60 euros y mi bono aparecian en la ventanita de recogida.

Y, a mi derecha, salía devuelto el mismo billete de 20 euros que, pese a mi estupefacción inicial, volvió rapidamente a su sitio correcto: el bolsillo de mis vaqueros.

Para que luego digan de Gallardón.

.

lunes, 13 de abril de 2009

4 x 10

No son 40, listillos, que os ponéis a dar por sentado de que va el post incluso antes de leer la primera frase, ¡ja!.

Por ponerme al día desde mi último y negro texto os resumo a grandes rasgos (¿son esas cuatro palabras seguidas una redundancia?) por dónde andan los papeles, las historias e, incluso este avilesino:

4 países son por los que pasaré en 10 días. Desde el lunes 6 de abril, que despegué de Irlanda (país número 1) y aterricé en Bélgica (país número 2) donde me quedé hasta el viernes 10, en que me subí a un tren en
Bruselas que esa noche me dejó en Frankfurt – Flughafen (Alemania, país número 3) donde llevo ya unos días, aunque el miércoles 15 despego de Frankfurt – Hahn con destino Madrid (hete aquí que llegamos al país número 4).

Unos días después, el domingo 18 o el lunes 19, aún no lo tengo decidido, la internacional pero no por ello menos entrañablemente asturiana y comprada ALSA me dejará en Avilés, por donde amigos, conocidos y vecinos me verán pasear (y por Gijón y Oviedo) hasta entrado mayo. Las celebraciones del Día del Trabajo (¿o era del trabajador?) me verán a mí desempleado, pero a mal tiempo, buena cara.

Y por seguir ese consejo, y por necesidad, y por afición, y porque los bolsos y los zapatos no me llaman la atención, he realizado la primera de tres compras que me van a alegrar mi (espero que corto) periodo sin cotizarle a la Seguridad Social (española, irlandesa o suiza, me es “inverosímil”).

Dado que había pasado de un total de tres portátiles a...cero (dos de ellos robados, uno más devuelto a la empresa al terminar el contrato), mi vida tenía un vacío que no podían llenar ni las puñaladas verbales de Manu, las lascivas insinuaciones de Mel o mi bien amada bodega, hasta que se escondió en una precintada caja de cartón que guarda
Sandra porque ni de coña se queda en casa de Mel (“la sede”). Pero Internet, esa maravillosa mezcla de Biblioteca de Alejandría y kiosko de barrio periférico, tiene todas las respuestas así que, después de mucho comparar y la creación de su correspondiente hoja de Excel para dejar por escrito las características (“naces Virgo, mueres Virgo”), fueron los amigos de Laptopsdirect, la pujante industria informática china (ex-USA) y mi querido banco y su nada amigable (porque no se correspondía con el que aparecía online) tasa de cambio “decadente Libra Esterlina versus pujante Euro” los que se llevaron el gato al agua.

Así que, aunque suba el texto en un Toshiba alemán (con teclado QWERTZ en lugar de QWERTY y un puñado de impronunciables símbolos en algunas teclas) porque la conexión de
Alice viene asociada a un software, en realidad lo he escrito desde mi casi flamante netbook Lenovo S10e ideapad, mientras veo como se pone el sol desde una terraza en Kassel.

Paso a paso, euro a euro, alegría (pequeña) a alegría (pequeña), volvemos al camino de la anormalidad, las incógnitas y las decisiones. O sea, a vivir.

Que son dos días.

jota busca

.

lunes, 6 de abril de 2009

De maletas y aerolíneas

Si volabas a Brest o Liverpool, no hay problema, pero si tu destino era Bolonia o Charleroi, allí estaban ellas y su control aleatorio del equipaje para recordarte que sólo se permite subir a bordo una bolsa o mochila y de las dimensiones aceptadas por la aerolínea.

Esta mañana, sin apenas pegar ojo porque precavidamente sólo acabé de preparar mi mochila pasada una hora de la medianoche, salía de casa de Mel a las cinco y cuarto, una hora en que hasta los perros duermen. En la parada del Aircoach, el único servicio de autobús que a esas horas lleva al aeropuerto, no pasaron más de tres minutos sin que se me acercara un taxista y me ofreciera llevarme por la misma tarifa (siete euros) así que compartí el vehículo con una pareja que volaba a Milán. Por supuesto, llegué a una hora a la que la puerta de embarque de mi vuelo ni siquiera aparecía en las pantallas de información. Para cunado lo hizo, la tremenda cola previa a los controles de seguridad apenas había disminuido pero aún así me sobraba el tiempo, incluso pude comprobar que mi mochila no sobrepasaba los estrictos diez kilos de Ryanair...después de meterme en los bolsillos el cargador del móvil, los cables de corriente del portátil, y todos los líquidos y geles, en su correspondiente bolsita transparente.

Pero con el portátil y su funda subía a los 11.25 kilos, superaba las dimensiones máximas y multiplicaba por dos el número de piezas permitidas a bordo. La solución fue meter el Lenovo S10e en una bolsa ligera, y colgármela a la espalda, por debajo de la cazadora.

Cuando llegué a la puerta de embarque D61, una hora antes de la salida anunciada del vuelo a Bruselas, los pasajeros que se iban a Bolonia, aún no habían empezado a subir al avión, así que el mío ni siquiera había aterrizado aún. Ríete tú de la publicidad de la aerolínea sobre su estupenda puntualidad. Un amigo mío, nativo uruguayo, dice que la hora anunciada para denegar el embarque es en realidad la hora a la que llega el avión. Y hasta ahora no se ha equivocado.

Lo que me preocupó en realidad fue ver como dos empleadas polacas de Ryanair hacían comprobar las dimensiones de las maletas a los pasajeros, y los italianos no iban precisamente ligeros de equipaje, así que a muchos les tocó reorganizar y redistribuir en sus bolsillos el contenido de las mismas. Yo esperaba que mi nuevo look como jorobado de Notre Dame no llamara mucho la atención. Cuando a las ocho, hora oficial de despegue, empezábamos a embarcar, me puse en los últimos puestos de la fila y preparé mi mejor cara de “viajero aburrido, somnoliento y tolerante con la veintena de guajes que me precedían luciendo gafas espaciales, a juego con sus azules sudaderas del E.S.A Space Camp, 6th - 10th april”.

Debí dar el pego porque subí a bordo sin problema.

Por cierto, si hasta ayer me pasaba el día tosiendo, desde esta mañana además estornudo. No pinta nada bien el plan original de pasarme cuatro días culturales, degustando cervezas belgas.

.

domingo, 5 de abril de 2009

Avilés en portada

Con orgullosa sorpresa, me encuentro con Avilés en la portada online de un gran periódico nacional. Ni por su antaño sucia Ría, ni por su históricamente polucionada atmósfera, su dependencia monolítica de la ya no denominada ENSIDESA, que tantos trabajadores de otras tierras atrajo. No, la ciudad que enviò a uno de sus hijos a fundar la primera ciudad en territorio de lo que hoy es EEUU, aparece, entre Metrópoli y Antonio Banderas, como destino turístico recomendado por Ocholeguas, el suplemento de viajes de El Mundo.

Hace años que vengo diciendo que Avilés es mucho más que una mancha de suciedad industrial que se ve a un lado de la autopista cuando uno va desde el aeropuerto a Oviedo o Gijón. Su casco antiguo, sus calles soportaladas, su mileniarismo son valores que la convierten no en ciudad de paso, sino en destino de hospedaje y descubrimiento más amigable que la capital burocrática o la de los astilleros.

Me alegro enormemente de ver un reportaje que, por fin, le hace justicia a la Villa del Adelantado.

.

jueves, 2 de abril de 2009

Una vuelta más de tuerca

El suelo de Mel está duro. Realmente si no lo estuviera sería un suelo original y único, aunque su enmoquetada superficie no lo distinga en absoluto de esa tendencia habitual en los hogares irlandeses. Pero a mí me molesta en particular porque no me facilita en absoluto el sueño, con o sin ayuda del cartojal. A una hora indefinida de la madrugada, pero de lo más inconveniente, me tuve que levantar a buscar una almohada (algo en lo que, estamos de acuerdo, debería haber pensado antes de acostarme). Pero esa ayuda no fue suficiente y el edredón sobre el que dormía, porque era la única manera que se me había ocurrido de que el suelo estuviera menos duro, se vió sometido no a uno sino a dos dobleces (plegados) sobre sí mismo, para intentar mitigar el dolor de mi espalda.

Alguno se preguntará que hago yo dentro de un saco de dormir, sobre un edredón, en el suelo, invadido, del mini estudio de mi amigo Mel. Yo me lo preguntaría si estuviera en vuestro lugar y, cortésmente, procedo a poneros al día.

Si hace tiempo que no actualizo el blog se debe a que mi contrato de 11 meses estaba próximo a expirar y el tiempo on line lo dedicaba a navegar por Recruit Ireland, Irish Jobs, Jobs.ie y otras páginas similares. En vista de que el resultado era nulo, cuando no negativo, y de que se me acababa el tiempo, decidí que encontrarme en el paro iba a ser la excusa perfecta para irme un tiempo a España. Eso sí, dando un pequeño rodeo.

Para el viernes 27, mi último día de trabajo, ya tenía preparadas fechas y rutas. El día 1 de abril dejaba el piso, y así no se complicaban con prorateos y cálculos el reparto de facturas, y me iba a casa de mi buen amigo Mel. El lunes 6 de Abril, un madrugón para volar a Charleroi, subirme en un autobús a Bruselas y allí coger un tren a Ghent, donde pasaría unos días en casa de una amiga. El 10, otro tren de vuelta a la capital belga y de allí, uno más en dirección a Frankfurt, zona en la que estaré hasta el 15, que vuelo (esta vez no hay tren que valga) a Madrid, donde me aloja mi más viejo antiguo amigo. Para el 19, mi madre me verá entrar por la puerta de casa y espero que me haya preparado una buena tortilla.

A partir de esa fecha, como creo que he comentado antes, hay por delante una gran zona gris o, si somos optimistas, un enorme abanico de posibilidades.

En ningún caso contemplaba yo que, a cinco días de mudarme de casa, y por la tarde de mi último día de trabajo, entraran a robarnos en el piso.

Con la mochila (que sí me he podido llevar) del portátil del trabajo (que no me he podido llevar conmigo) cargada de esos papeles, muñecos, y porquerías personales varias que todos tenemos en nuestra mesa de la oficina, abrí la puerta de casa sin sospechar nada raro. Los abrigos estaban todos colgados como siempre, robándole sitio al pasillo, flanqueado por un lado de un indisciplinado ejército de zapatos. Curiosamente, la puerta de mi habitación estaba abierta, con varios libros sujetándola impidiendo que se cerrara y el edredón parcialmente levantado. Yo no recordaba haberlo dejado así pero, no le di más vueltas, y borré de un plumazo mental cualquier extrañeza que pudiera haber aflorado en mi cabeza.

En el salón, la mesa de las cenas de gala (es decir la más grande y alta de las tres que había) presentaba su normal montaña de papeles, ropa y trastos, ninguno de ellos mío, bajo la que se ocultaba la casi totalidad de su superficie. Así que todo estaba como lo había dejado, excepto que todos los cables de Internet y adaptadores de corriente que deberían estar pegaditos a la pared, manías mías, se encontraban en medio, entre el sofá y el radiador. Y que varias bolsas de deporte mías, que en preparación de la inminente mudanza estaban en una esquina, aparecían ahora desperdigadas enfrente de la puerta corredera que da acceso a la terraza.

Y no estaban mis dos portátiles, el Fujitsu Siemens de tercera mano que me compré en Hong Kong ni el principal, el problemático Acer Aspire que llego a Irlanda cuando yo vivía también en el IFSC pero en otras circunstancias.

Lo primero que piensas es que te has equivocado, que no es posible, que no puede haber ocurrido, no a ti, no ahora. Después es un puñetazo en el vientre, que te corta la respiración y te deja un amargo sabor a bilis en la boca.

Con voz entrecortada y tensa llamas a tu compañero de piso, y empiezas a mandar mensajes a los amigos que te esperaban en un pub para celebrar tu “Leaving Party”, que ahora parece una macabra broma. Como tú al principio, nadie se lo cree.

Después la visita a la estación de la Garda, el recibir el consejo gratuito de que “en estos casos no se toca nada y se llama inmediatamente al 999”, la vuelta al piso, a esperar el coche patrulla, la entrada con los dos agentes uniformados y el primer recuento de bajas: tres portátiles, uno de ellos estropeado (el de Ayessa, la esposa de Martin), uno moribundo (mi Fujitsu Siemens, que costaba paciencia que se cargara la batería, bastando respirar junto al cable de corriente para que se desconectara) y uno al que le había reinstalado Windows y Ubuntu hace pocas semanas, así como su maletín de transporte.

A la mañana siguiente, llega la “CSI” a impregnar de polvo varias superficies y a sacar dos huellas de la puerta, que personalmente opino que pueden ser de cualquiera menos de los ladrones. A estas alturas, el recuento de pérdidas se incrementa con 40 libras en efectivo que yo guardaba en un cajón y con una pequeña colección de billetes de los viajes de Mártin que él había enmarcado.

Olvidemos por un momento el continente y centrémonos en el contenido. Que mi cámara hubiera muerto ahogada hace unas semanas, sumado al hecho de que “por si acaso” había hecho una copia de seguridad de mis archivos antes de insertar el “Recovery CD”, limitaban la pérdida de fotos y documentos a un par de semanas como máximo. Y hay que dar gracias a Dios por el hecho de que los ladrones hubieran ignorado esa caja negra que pone LaCie y que tiene, entre su Terabyte de datos, miles de fotos tomadas desde Singapur a Mongolia, pasando por Chile o, por supuesto, Dublin. Eso es realmente lo importante, aunque los cajones revueltos, la intimidad expuesta, el sancta sanctorum violado, eso deja un mal cuerpo que recordarás toda la vida.

Así que el suelo de Mel sigue duro pero yo podría estar mucho peor. Buenas noches.

.