sábado, 31 de enero de 2009

Nada de siestas

Sandra atendió a mis ruegos y no me mandó un mensaje hasta las once de la mañana. Puede parecer una hora perfectamente razonable cualquier sábado, excepto si uno asistió la noche anterior a la “First Facebook Dublin Party” en The Purity Kitchen. Tres plantas y una pista de baile abarrotadas de gente que tenía en común participar en esa Red Social y donde estuve de fiesta con un irlandés y un rumano. Y no, no volví a casa a medianoche.

Por eso, mi alegre compromiso (“llámame y te echo una mano”) se me antojaba al acostarme la madrugada del viernes, como una tarea imperfectamente esquivable. Pero la palabra dada ha de ser respetada, así que, más tarde de lo que me temía en un principio, esta fría, gris y a ratos lluviosa mañana me encaminé hasta su nueva antigua casa, al lado mismo de Christchurch, para echarle una mano con su cambio de domicilio.

Mi experiencia en el Tetris de maleteros (los tres viajes en el pequeño y alquilado Yaris para mi última mudanza, amén de otros dos anteriores desde el IFSC a Grosvenor Square y meses después desde allí a St. James´s Gate) y una amiga con un enorme todo terreno fueron decisivos para que sólo dos viajes nos llevaran hasta Smithfield. Cinco minutos dando vueltas por el enorme garaje subterráneo del edificio no mermaron nuestro ánimo y hoy Sandra tiene el 99% de sus pertenencias distribuidas por cajas y bolsas de su dormitorio, salón y cocina.

Dentro de poco, se mudará al piso su nueva compañera, una estudiante brasileña de novio irlandés, que se decidió por mi amiga gallega tras visitar el piso de un chico que no olía bien y el de una chica que necesitaba silencio absoluto todos los días entre las 7 de la tarde y las 11 de la noche (para poder rezar sus islámicas plegarias).

Ah, las increíbles sorpresas que deparan la búsqueda de piso.

sandra de mudanza

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