miércoles, 13 de febrero de 2008

Amarga derrota

Le pregunté a V. si ella sabía algo pero no tenía ni idea de lo que había ocurrido. También si, y ahora es obvia la respuesta, la empresa se lo había comunicado a los empleados. Pero no, A. no había mandado ningún correo electrónico ni informado del fallecimiento de manera oficial u oficiosa. No quiero decir que fueran insensibles, lo más probable es que no quedara nadie que la conociera o mantuviera el contacto con ella.

Sharon Rice fue mi jefa durante cuatro o cinco meses, allá por Mayo/Junio de 2006, durante la transición de la empresa S. a la empresa A. a la que todos fuimos transferidos. Mi equipo en esas fechas era pequeño, diez personas, en comparación con el resto de equipos afectados y mantuvimos la independencia durante un par de meses. Después nos llegó el turno a nosotros y me encontré con que Sharon iba a ser sombra, supervisora y mentora de mi equipo.

Por aquel entonces teníamos asignadas dos tareas que a primera vista parecían no relacionarse en modo alguno: contratos y comisiones. Simplificando mucho (y sin usar palabras o conceptos incomprensibles para los ajenos a estos procesos) gestionábamos y renovábamos los contratos de las empresas que vendían los productos de nuestro cliente y, paralelamente, identificábamos las ventas, calculábamos las comisiones y autorizábamos el pago de las mismas. Si la parte contractual era relativamente sencilla, la financiera era (y es) un complejo proceso trimestral que se prolongaba…durante todo el trimestre.

Sharon mantuvo infinidad de reuniones conmigo para entender nuestros procesos y se centró principalmente en el tema contractual, con reuniones diarias con esa parte de mi equipo, un seguimiento pormenorizado de la evolución del trabajo y un empeño personal en mejorar y dotar de mayor eficacia a todas las partes del proceso. Me apoyó, escuchó y guió cuando hizo falta o lo solicité, y siempre, siempre, sonreía. Cuando volví al trabajo después de enterrar a mi padre, ella me confesó que comprendía mi dolor porque ella había visto de cerca el rostro de la muerte: unos años atrás se enfrentó a un cáncer y lo venció.

De la noche a la mañana, desapareció.

P., que por entonces era su jefe, me comunicó que una nueva persona, M., ocupaba su puesto. Como ocurren esas cosas, no hubo explicaciones aparte de que ella ya no trabajaría con nosotros y nunca más supe o supimos de ella. Ahora me han llegado rumores sobre los problemas de salud afectando al rendimiento laboral e historias similares que no se cuanto fundamento tienen.

Hace unos días volví a saber de ella. El cuatro de febrero me enteré de que el fin de semana se le dijo adiós a su pelo rubio, su simpatía y su sonrisa, marcas características de un gran hacer profesional y personal. Esta vez el cáncer la había derrotado.

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martes, 5 de febrero de 2008

El sombrero del calvo

Foto: Paisaje después del Descenso Internacional. La calle Galiana en dirección a la de San Francisco con los restos de 30.000 litros de espuma de la artificial nevada.


Cowboys y vaqueras con minifalda tejana. Supermujeres de ocultos poderes acompañadas de piratas con loro de peluche en el hombro. Eduardos con una mano poco práctica para coger las copas. Masculinos animadores universitarios de inspiración estadounidense y femenina. Chicas, que no mujeres, policía que generan todo tipo de lascivas y fetichistas imágenes mentales con plateadas esposas al cinto y unos pantalones o faldas apenas más largos que su ropa interior. Personajes inspirados en series de televisión de producción tan reciente que no logro identificar comparten la barra con los pantalones de campana y las amplias solapas de la década de los setenta. Chicos y chicas que parecen cerillas con piernas, merced a las negras pelucas afro bajo las que sudan dentro de los bares, bailan animadamente ritmos de todo tiempo y origen multiétnico. Cerca de ellos, entran por la puerta dos metros de musculosos veinteañeros que aparecen desvestidos con una ropa que ruborizaría a la inglesa más festiva y embriagada en una cálida Costa del Sol.

Al comienzo de la noche, unos toman vinos en el Carbayedo mientras otros se acercan al Parche para calentar motores con el concurso de DJs en uno de los dos escenarios allí montados. Subiendo y bajando por una calle Galiana aún cubierta de la blanca espuma del aguajado descenso, intercambiaremos posiciones antes de decantarnos, previa inevitable parada en La Ferrería, por terminar la noche en los abarrotados bares del milenario Sabugo.


Foto: En la plaza del Ayuntamiento, con el suelo todavía cubierto de la espuma de los bomberos, una pareja de “vacas” de mixto género, contempla el concurso de DJs.


Es Avilés. Es Antroxu y es el primer carnaval en cuatro años en el que estoy aquí. Cumpliendo con la tradición del más participativo de cuantos se celebran en Asturias, me disfracé y salí a disfrutar de la folixa.

También es en estas fechas cuando escribo el primer post de presentación de este nuevo blog, esta vez en solitario. Después de un año viajando por Asia y Oceanía y contando las aventuras y experiencias por esas tierras con y sin Isabel, ahora en este rincón me toca contar mis idas y venidas por caminos tal vez más pisados.

Seriedad y humor, ironía y sarcasmo, información y ficción, rutina y excepciones…bienvenidos sean, bienvenidos seais.


Foto: El piloto naval más guapo y aguerrido a este lado del Atlántico posa junto a esa belleza morena que es su primo segundo Adrián.


(Nota: Entre la falta de luz y que se hicieron con la cámara de un móvil nuevo del que aún estoy aprendiendo como funciona, las fotografías han salido como han salido...)

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