sábado, 28 de febrero de 2009

Los pecados de nuestros padres

Cuando uno es joven y arrogante, jura al viento que sopla de poniente que nunca caerá en los mismos errores de sus padres. Él ha visto la tozudez y el desprecio imponerse en el trato con los abuelos, queridos y molestos a la vez. Recuerdo de una infancia protectora, monumento temporal a la inevitabilidad del deterioro físico y mental, son la prueba de fuego de nuestra impaciencia.

Él no será como ellos, que no saben lo que dicen, que pretenden aplicar trasnochadas costumbres y demandas en tiempos modernos, muy distintos de las cavernas en que ellos se criaron. Ellos no entienden, no comprenden, que las cosas ya no son “así”.

Y ahora que la juventud termina a las puertas de los cincuenta, que ya están más cerca que los veinte, uno sabe que cuando hablaba de esa manera tan convencida, en realidad no tenía ni puta idea de lo que decía.

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