viernes, 29 de mayo de 2009

Que se pare el mundo

Cuando uno se toma un chai, está en paz con el mundo. Y el mundo le deja tranquilo por un rato. Saborear este té, azucarado y con leche en su justa medida, te aleja por unos minutos de los bocinazos de los rickshaws, las motocicletas y cualquier otro vehículo del que se precie su dueño.

Lo encontrarás en las paradas de autobús, tanto las grandes y caóticas, como las que son poco más que cuatro paredes en medio de una polvorienta carretera. Dentro de los trenes en movimiento, con un empleado gritando “chaia, chaia” y llevando un depósito con esa bebida pero eso no excluye los andenes de las estaciones, porque aunque el convoy pare apenas un minuto siempre hay tiempo para que se acerque un vendedor a la ventanilla. Y también por ciudades y pueblos, porque la vida no se entiende sin tomarse un espumoso y calentito chai, con su ritual incluido de filtrado y, como haríamos la comparación en mi tierra, de escanciado.

Yo llevo toda la semana con la misma rutina, a las ocho y media suena el despertador y un rato después salgo camino de ver el templo de rigor. Por la tarde, buscar el autobús correspondiente, y a velocidades ridículas, cubrir los kilómetros necesarios que me lleven a una nueva ciudad en la que, caída la noche, buscar alojamiento. Hoy iré hacia Pondicherri, ayer dormí en Chidambaran, la víspera en Thanjavur, el día anterior en Tiruchirappalli, el lunes fue Madurai. El sábado será Chennai, y el domingo después de mi vuelo, puede que Negombo, ya en Sri Lanka, si no consigo subirme a un autobús o tren que me lleve a Anuradhapura de un tirón. Y, ese pajarito carpintero que es la conciencia, me recuerda constantemente que llevo más de una semana de retraso en contarlo.

Pero ayer, exhausto después de haber abandonado mi hotel a las dos de la tarde y haber pasado casi seis horas de pie en autobuses abarrotados, con gente viajando asida a las agarraderas al lado de la inexistente puerta, tras tirar las mochilas en mi habitación bajé a la calle y a un viejo experto le tendí tres rupias mientras le pedía, sonriente, “Chai, por favor”.

Y el mundo y yo, por unos minutos, estuvimos en paz.

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domingo, 17 de mayo de 2009

Comentarios moderados

Para evitar el spam, los contenidos no relacionados con la temática y textos de este espacio, así como que se escriban mensajes inapropiados, me he visto en la obligación de moderar los comentarios en el blog.

¿Qué significa esto? En realidad no habrá casi ninguna diferencia. Lo único que ocurre es que cuando alguien escriba un comentario, tendrá que usar una “verificación” (ya sabeís, aparece una serie de letras y/o números que deberéis copiar, para comprobar que sois humanos ;-) ) y que recibiré un email indicando que alguien quiere poner un comentario. Le echaré un vistazo y si cumple con esas mínimas normas de sentido común, se publicará sin mayores trámites.

Como estoy viajando no tengo la posibilidad de comprobar 24 horas al día que es lo que se dice, así que creo que esto redundará en una mejor calidad de vuestra experiencia como lectores (¡y comentadores!).

Lo que, como siempre, no puedo prometer es ¡que la calidad de mis textos sea excepcional!

Saludos desde la India,
José

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sábado, 16 de mayo de 2009

Renegociando

playa de kovalam

El miércoles por la tarde me tocó discutir una noche extra con el dueño del hostal en que me alojo. Bueno, llamarlo hostal es un poco pretencioso, porque sólo tiene dos habitaciones, en el primer piso sobre un bajo comercial. Hum ¿sólo dos habitaciones?¿con cuarto de baño y nevera?¿con balcón con su silla y sus mesas? ¿en, literalmente, primera línea de playa? ¿con una tienda de música debajo, de la que salen, la mayor parte del tiempo,relajantes melodías tibetanas y New Age? ¿con el ruido de las olas del mar cada vez que abro la puerta de la terraza?

No, esto no es un hostal, ¡es un Hotel Exclusivo!

El caso es que la madrugada del lunes, a eso de las seis de la mañana, cuando llegué y me puse a buscar alojamiento, se me acercó este hombre (¡ah, el espíritu empresarial!) en la playa y empezó a preguntarme si quería habitación, cual era mi presupuesto, etc. Como el suyo era el alojamiento que había al principio de la zona en que yo iba a preguntar si tenían plaza, subí a verlo. Cuarto de baño de estilo occidental, una enorme habitación doble, mininevera, un gran escritorio, terraza con vistas a la playa...a la que se accedía con sólo cruzar los dos metros de acera.

Decidí que lo que yo necesitaba, después de que mi última noche durmiendo en una cama hubiera sido la del viernes, era caerme redondo en algún sitio y ese era tan bueno como cualquier otro, o un poquito más. Acordamos que si me quedaba tres noches, pagaría mil rupias en total y que si sólo me quedaba una noche (por aquello de mirar otros sitios y tarifas), serían trescientas cincuenta.

Entre que más vale malo conocido, que en realidad no es tan malo, que yo no tenía aún muy clara la ruta de viaje, que esa noche cenaba con Isa – menuda sorpresa le espera - y con Nora y que eso podía afectar a los planes (puesto que ellas, viviendo aquí, me podían hacer sugerencias) decidí quedarme una noche más, y el miércoles llamó a mi puerta para discutir el tema económico.

O el amigo tiró el precio cuando lo negociamos y no le interesaba tenerme allí o no lo entiendo, porque cuando le he dicho de quedarme una cuarta noche el tío me ha pedido mil trescientas cincuenta rupias, y no se bajaba de la burra. Ni me ha reducido el precio, por ejemplo a mil doscientos, lo que yo intentaba, hubieran sido trescientas por noche, ni ha dicho mil trescientas treinta y tres (hubiera sido igualar la proporción), ni ha tenido interés en regatear (que es lo mas chocante). Le dije que no sólo eso no era un descuento sino que era además una subida de precio y que no me interesaba, así que sólo me quedaría las tres noches y pagaría por ellas lo inicialmente acordado.

Quince minutos después, me rompen la siesta otra vez cuando vuelven a llamar a la puerta. Es el chico que tiene como encargado y su jefe esta al teléfono y ahora me pide mil trescientos. Pues vale, pienso yo. Eso si, después de pasarle el teléfono al chico, éste me ha dicho que el jefe quiere que le pague ahora. Ni hablar, se paga cuando uno abandona la habitación. A todo lo mas, le ofrecía pagarle mil rupias mañana (por las tres noches acordadas de antemano) y trescientas el viernes por la mañana (por la noche “extra” del jueves).

En fín, que el alojamiento me acaba saliendo a 4,88 euros la noche, menos que una pinta de Carlsberg en Dublín.

rock view room kollam

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viernes, 15 de mayo de 2009

Y avistu???

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jueves, 14 de mayo de 2009

Y avistu?

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miércoles, 13 de mayo de 2009

Conversaciones en voz baja


Oscar va a gastarle la batería al teléfono antes de embarcar, pero todos nos hemos enterado ya (la única competencia sonora es la televisión retransmitiendo Formula 1) de que el aeropuerto de Asturias es mejor que el de Valladolid, que vende piedra (caliza), que trabaja en una empresa mixta hispano-inglesa que se está yendo a pique comercialmente y en la que él es uno de los socios, que “el inglés” que se puso chulo en su momento es el que tiene a su nombre los papeles así que si Oscar, quemado, se las pira de inmediato, el marrón legal se lo come el otro impresentable, que la primera vez que viajaron (él y su segundo interlocutor) a Mallorca lo hicieron desde aquí, que en la oficina no sentó nada bien lo de su viaje a China, que su novia, pese a la resaca, se levantó a las 7 de la mañana y está de compras...

Es lo divertido de las esperas, que cuando no conoces gente, conoces la vida de la gente.

(Nota: Escrito el 9 de mayo, desde la puerta de embarque número 6 del Aeropuerto de Asturias que aunque el código OACI - ¿IATA? - le haya adjudicado el de “OVD” está al lado de Avilés. Ahí queda eso).

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lunes, 4 de mayo de 2009

Duelo de titanes

La alfombra, que no es de dimensiones precisamente descomunales, ocupa un puesto a la vez preferente y modesto en el salón, si tal cosa es compatible. Por un lado está destinada a ser pisada por todo el que va de paso, se queda a ver la televisión, tomar el café o charlar. Proteje las baldosas nuevas de las, de otro modo inevitables, marcas causadas por la mesa que, tarea compartida con la de la cocina, es testigo de comidas, cenas y alguno de mis esporádicos y refunfuñantes desayunos. No es persa, no es afgana, sólo es tan humilde como sus colores y diseños, ni sosos ni chillones. .

En un lado de la estancia hay un enorme mueble aparador que no desentonaría como atrezzo en un episodio de “La Chica de Ayer”. En aquella época era elegante y vanguardista, pero entonces IKEA no tenía una tienda a las afueras de Oviedo y de Suecia sólo llegaban sus espectaculares nativas, para deleite de los personajes de Alfredo Landa. Hoy semejante reliquia se ha quedado en funcional recuerdo sentimental que soy incapaz de condenar a la muerte y al vertedero. Para disimularle las arrugas, el exotismo y la modernidad le llegan en forma de distintas piezas que decoran sus huecos. Uno de ellos es una preciosa, a mi subjetivo parecer, muestra de arte indio de unos 40 cm de alto y montada sobre una peana rectangular. Esculpido en madera en los años 20 o 30, una policromada figura femenina sostiene en sus brazos a una niña. Formaban parte de un conjunto en un alto o bajorelieve, pero cuando lo compré en una tienda de Pushkar no había información o rastro alguno del resto o de su procedencia.

Hace poco que una esquina de la alfombra se ha vuelto rebelde y se dobla sobre si misma, ocasionándole a mi madre una constante molestia por ese atentado a la estética y el orden. Su solución es, cada vez que me ausento, coger la estatua india y, aprovechando el peso de la misma y su rectangular peana, ponerla sobre la esquina de la puñetera alfombra para forzar que ésta vuelva a su forma habitual.

Menos mal que, a veces, madre no hay más que una.

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