Tras quince días albergado en el piso individual de mi amigo Mel (el sonriente oriundo de Alcorcón, Sr. Almarza), durmiendo en un saco de dormir sobre mi edredón doblado (mucha moqueta por toda la casa pero al final el suelo es duro o duro), disfrutando de su Internet y calefacción, y aportando mi maestría a la hora de fregar platos, el pajarraco ha dejado el nido. Después de que se terminara mi contrato a finales de marzo,cuando llevaba ya un mes en Dublín sin encontrar trabajo (¿crisis? ¿qué crisis?), me fuí a España, a pasar allí seis meses (en los que me las arreglé para irme casi dos de ellos al Sur de la India y a Sri Lanka, y más tarde tres semanas me llevó el volver, vía Portugal, de una boda en Cáceres).
Vamos que la excusa original era que Dublín es caro y mejor cambiar de latitud, amén de que Abril o Mayo aquí no tienen nada de especial y el verano, bueno, si quieres verano mejor que vueles a otro destino, para que os voy a decir otra cosa.
Aunque Irlanda ya no es el paraíso laboral que fue a comienzos del siglo XXI, aún tiene su tasa de paro varios puntos por debajo de la de España (maquillada y sin maquillar) y las últimas tres empresas (Google, Microsoft, Barclaycard) de mi currículum me contrataron aquí (hay que remontarse al 2002 para la última vez que yo trabajé en España). Así que, como ese Septiembre en que yo empezaba mi otoño número treinta y dos, el final de Septiembre de este año me veía otra vez en Irlanda, previo inevitable paso por casa de mi asturmadrileño, y, sin embargo autoproclamado sudaca, amigo Guillermo.
La cosa laboral está bastante parada, para que nos vamos a engañar, pero eso no era óbice para quedarme más de dos semanas tensando la cuerda de la paciencia y la generosidad de mi amigo (además de que le venían cuatro personas de visita y tenía que alojarlos). Puestos a ello, después de remirar anuncios y pisos y realizar complejos cálculos económicos (vamos, cuanto voy a cobrar de paro y cuanto necesito para vivir) y geográfico-probabilísticos (si uno trabajara en el sur de la ciudad, puede desplazarse desde el centro o desde el centro-sur, pero si trabajara en el norte, sólo desde el centro), en la mañana del 15 recibí la llamada del agente inmobiliario: los propietarios aceptaban los términos negociados (un descuento en el precio del alquiler, y un periodo de estancia mínimo más favorable) y esa misma tarde me podía mudar al piso que más me había interesado, un semisotano más luminoso de lo que parece.
Uno, salvo necesidad imperiosa, ya no está en condiciones de compartir piso y sus defectos y virtudes son para los amigos y los invitados, así que me he ido a vivir solo, a una zona céntrica, buena y bonita, rodeado de edificios georgianos en los que sólo hay actividad humana de 9 a 5 (o 6, dependiendo de horas extras, proyectos y prioridades).
Estoy a dos minutos de uno de los accesos a St. Stephen´s Green, el principal pulmón verde del centro de la ciudad y atajo deseado para llegar al bullicio de Grafton Street, arteria comercial y peatonal. A cinco minutos tengo también la monumental sede del Gobierno, el Museo (Kildare St.), la Biblioteca, la Galería y la Sala de Conciertos nacionales, y otro parque más, por si fuera poco, donde una estatua de Oscar Wilde languidece viendo el tráfico y la casa donde vivió durante casi un cuarto de siglo, en un tiempo en que los gays no ondeaban banderas subidos a carrozas.
En dirección contraria, el Canal (así como sonaría en español, y no “Channel”), flanqueado por otoñales árboles, poblado de cisnes y patos, y con preservadas esclusas de los tiempos en que el río era también fluvial carretera entre la costa y el interior del condado.
Desde el Jueves de la semana pasada y casi cada día laborable, me tocó venir aquí cargado hasta casi reventar. El bueno de Mel lleva acogiendo la mayor parte de mi mundanidad desde Abril, y ya iba siendo hora de dejarle hueco en el armario, aunque no tenga nada con que llenarlo. Aún me esperan, calculo, otro par de viajes hasta que no quede rastro en su piso, y otro viaje a las afueras donde hay una maleta, una caja y una bolsa de cachivaches (gracias, Carol). Y otro, por lo menos, a Smithfield, cada vez menos oeste que centro-oeste, a por “otro par de cajas” (gracias, Sandra).
¿Verdad que sería estupendo alquilar un coche y hacerlo todo en un sólo día para quitárselo de enmedio? Sí, pero tres personas con tres rutinas distintas no lo hacen fácil, que naturalmente he de ser yo el que me acople a las suyas, y no al revés. Y mi maleta grande, y única, la que tiene ruedas, no la recupero hasta mañana..
Y puede que no sea mi único traslado de cajas a corto plazo. He negociado que el alquiler, en vez de ser de un año, sea sólo hasta el 31 de Enero (renovable) por aquello de que mis circunstancias pueden, deben, cambiar y yo me podría mudar a un sitio más cercano a mi (aún ignoto) trabajo, o al medio de transporte (LUAS, DART, autobús, bicicleta o a pie) hasta el mismo.
¿Alguien me echa una mano para la siguiente mudanza?
(Nota: Desde que se ha dado cuenta de que el piso de abajo está ya ocupado, mi vecina ha bajado el volumen de la televisión y ya no pasa el aspirador a las once de la noche, todo hay que decirlo – y agradecerlo)´










