Con motivo de mi texto publicado el sábado pasado en el que decía que llevaba tres días sin abrir la nevera de casa, he recibido multitud de llamadas telefónicas, correos electrónicos y a caballo e incluso varios faxes. El tono de preocupación, alarma e interés de todos ellos, enviados por distintas ONGs (como “Salvemos al Soltero” o “Solteros Sin Fronteras”) y agrupaciones de empresarios (“Asociación de Jovenes Cultivadores de Zanahorias” o “Colectivo de Plantadores de Boniatos”, entre otras), me obliga moralmente a escribir un texto para aclarar algunos puntos que pueden haber inducido a confusión.
No, mamá, no he dejado de beber leche. Estoy al tanto de la importancia del calcio en la dieta, aunque a mis años los huesos no van a hacerse muchos más fuertes. Pero es en el trabajo donde la bebo, servida directa de la nevera que almacena leche tanto entera como desnatada, esa que sólo toman los que tienen problemas de salud o los gordos (vamos, seamos sinceros, aparte de en los anuncios con maridos deportistas y esposas-madres estilizadas, ¿habéis visto a alguien sin problemas de sobrepeso diciendo “no, yo tomo sólo leche desnatada” en la vida real?).
No, mamá, no he dejado de comer, que soy consciente de que uno se muere si lo hace, aunque tú siempre me encuentras (cada vez más) delgado cuando me ves. Pero la semana pasada era la última de Enero y ese mes es final de trimestre (“Quarter end” decimos aquí) en la multinacional en la que trabajo. Eso significa que hay departamentos que echan más horas y todos arrimamos más el hombro para poder llegar a los objetivos del trimestre. Eso también significa que el miércoles, jueves y viernes la empresa nos puso en la cafetería sandwiches, bocadillos, bolsas de patatas fritas y refrescos para servirnos libre, y gratuitamente, a la hora de comer. Además, el jueves y el viernes por la tarde un servicio de catering nos trajo comida caliente, a elegir tres platos principales, un buffet de ensaladas y una variedad de tartas. Igualito, igualito que en España.
Claro, con todo lo anterior eran tres días básicamente sin hacer la compra y la nevera de un soltero siempre está más vacía que la del que vive en compañía. Y las cosas caducan. Y yo sólo compro leche los sábados, para echarle al café. Y una semana después de mi última compra láctea, que aquí sólo la venden fresca y por eso caduca a la semana, pues eso...
Tu hijo, que te quiere y no está en huelga de hambre.

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No, mamá, no he dejado de beber leche. Estoy al tanto de la importancia del calcio en la dieta, aunque a mis años los huesos no van a hacerse muchos más fuertes. Pero es en el trabajo donde la bebo, servida directa de la nevera que almacena leche tanto entera como desnatada, esa que sólo toman los que tienen problemas de salud o los gordos (vamos, seamos sinceros, aparte de en los anuncios con maridos deportistas y esposas-madres estilizadas, ¿habéis visto a alguien sin problemas de sobrepeso diciendo “no, yo tomo sólo leche desnatada” en la vida real?).
No, mamá, no he dejado de comer, que soy consciente de que uno se muere si lo hace, aunque tú siempre me encuentras (cada vez más) delgado cuando me ves. Pero la semana pasada era la última de Enero y ese mes es final de trimestre (“Quarter end” decimos aquí) en la multinacional en la que trabajo. Eso significa que hay departamentos que echan más horas y todos arrimamos más el hombro para poder llegar a los objetivos del trimestre. Eso también significa que el miércoles, jueves y viernes la empresa nos puso en la cafetería sandwiches, bocadillos, bolsas de patatas fritas y refrescos para servirnos libre, y gratuitamente, a la hora de comer. Además, el jueves y el viernes por la tarde un servicio de catering nos trajo comida caliente, a elegir tres platos principales, un buffet de ensaladas y una variedad de tartas. Igualito, igualito que en España.
Claro, con todo lo anterior eran tres días básicamente sin hacer la compra y la nevera de un soltero siempre está más vacía que la del que vive en compañía. Y las cosas caducan. Y yo sólo compro leche los sábados, para echarle al café. Y una semana después de mi última compra láctea, que aquí sólo la venden fresca y por eso caduca a la semana, pues eso...
Tu hijo, que te quiere y no está en huelga de hambre.











