Ni fiestas, ni pubs, ni copas en casa. La caída de la noche el sábado me vio caminando bajo el viento y la lluvia, respondiendo a la llamada de ayuda de una amiga.
El dolor ajeno es percibido como propio no sólo porque se de la circunstancia de que nuestras experiencias puedan identificarse con las de la otra persona, sino porque la raíz del dolor, se manifieste como se manifieste, es universal. No hace falta haber pasado realmente hambre para que las imágenes de niños llorando, apenas piel sobre sus esqueletos, nos pongan un nudo en la garganta.
Los funerales de nuestra infancia y adolescencia son acontecimientos sociales que no acabamos de entender. Se rompe nuestra rutina, se nos alteran los planes y acabamos rodeados de adultos serios, y en la embarazosa situación de ver a mujeres llorando y casi gritando la inevitable pregunta, de simple y complicada respuesta. Uno no sabe bien que frase hecha murmurar, convencido de que todas son inútiles y a la vez respetuosamente necesarias.
Luego llega, es Ley de Muerte, la negra visita llamando a la puerta de nuestra casa, es generalmente después de que aceptemos la inevitabilidad de su presencia. Es doloroso y dramático, pero sabíamos que ese día estaba marcado en un calendario invisible. No quiero, ni puedo, extenderme, pero es como participar, con los ojos vendados, en un formal baile de etiqueta en el que los pies descalzos solo encuentran alfileres en el suelo.
Hoy mi amiga vuela hacia España, con un billete comprado hace apenas 24 horas, una maleta ligera y un corazón con un peso que yo he compartido.
Y ella, yo, y todos, acabaremos derramando lágrimas cubiertas de arena de playas que aún no hemos pisado.
El dolor ajeno es percibido como propio no sólo porque se de la circunstancia de que nuestras experiencias puedan identificarse con las de la otra persona, sino porque la raíz del dolor, se manifieste como se manifieste, es universal. No hace falta haber pasado realmente hambre para que las imágenes de niños llorando, apenas piel sobre sus esqueletos, nos pongan un nudo en la garganta.
Los funerales de nuestra infancia y adolescencia son acontecimientos sociales que no acabamos de entender. Se rompe nuestra rutina, se nos alteran los planes y acabamos rodeados de adultos serios, y en la embarazosa situación de ver a mujeres llorando y casi gritando la inevitable pregunta, de simple y complicada respuesta. Uno no sabe bien que frase hecha murmurar, convencido de que todas son inútiles y a la vez respetuosamente necesarias.
Luego llega, es Ley de Muerte, la negra visita llamando a la puerta de nuestra casa, es generalmente después de que aceptemos la inevitabilidad de su presencia. Es doloroso y dramático, pero sabíamos que ese día estaba marcado en un calendario invisible. No quiero, ni puedo, extenderme, pero es como participar, con los ojos vendados, en un formal baile de etiqueta en el que los pies descalzos solo encuentran alfileres en el suelo.
Hoy mi amiga vuela hacia España, con un billete comprado hace apenas 24 horas, una maleta ligera y un corazón con un peso que yo he compartido.
Y ella, yo, y todos, acabaremos derramando lágrimas cubiertas de arena de playas que aún no hemos pisado.











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