Con unas gafitas muy finas, un pelo negro muy largo, y un Renault Clio muy rojo, a Javi lo conocí hace poco menos de dos décadas en el pueblo de León en el que ambos coincidimos veraneando. Tranquilo y buena persona como pocos, compartimos muchas sidras de la piscifactoría (el lugar del pueblo al que llegaba la auténtica sidra que cruzaba el Pajares), copas en la pista y en la S.R.J. (dos de los sitios más populares de Hospital de Órbigo) y nocturnas excursiones por los pueblos que estaban en fiestas.En su Oviedo adoptivo, el pelo le siguió creciendo y a las manos se le pegó una bandurria que le introdujo en esa curiosa institución que es la tuna universitaria. Pronto superé el trauma inicial de verle en medias, en compañía de otros enlutados con instrumentos musicales, y no tuve inconveniente en continuar quedando con él en público. Los amigos están a las duras y a las maduras.
Porque es Ley de Vida (así, con mayúsculas) para la mayoría de la gente, por lo menos una vez, hubo una boda. Ella llevaba el pelo largo y rubio y él corto y moreno, y estaban guapísimos los dos. También lo estaba mi entonces pareja, con la que volé desde Dublín a Madrid para darnos el lujo de subir en un descapotable por la Meseta.
El viernes pasado volví a ver a Javi. Con algo menos de pelo, con gafas igual de finas y (por el momento) con una Kawasaki sustituyendo a su Renault Clio. Ahora, en lugar de una bandurria, empuña el volante de un taxi doce horas al día por un porcentaje de lo que recaude, porque con la millonada que cuesta una licencia obviamente el dueño es otro. Mucho se habló del lado oscuro de los taxistas, el de las miserias y la explotación, pero no es el momento ni el lugar de denuncias. También se habló de perros pequeños muy ladradores y de excursiones a Paris. Y, claro, de cuando me compro yo una moto. Esta visto que la memoria de mi amigo borró las escenas en que yo me tambaleaba peligrosamente sobre una bicicleta.
Comimos juntos en el Tierra Astur y hablamos más de lo humano que de lo divino delante de una tabla de quesos y embutidos de la tierra (astur). Y luego, no podía ser menos, intentamos prolongar la agradable sobremesa con un café en el Sherwood, en la misma calle, antes de que a Javi, como seis días de cada siete, le reclamara el taxi.












No hay comentarios.:
Publicar un comentario