miércoles, 8 de julio de 2009

Retornando, por el momento

El reloj de mi portátil marca casi las cinco de la tarde, pero eso es en la India, no aquí, a bordo de un vuelo desde Stansted a Avilés el primer miércoles de Julio. A la cámara le puse la hora correcta esta misma mañana, al poco de despertarme de mi “bancario” sueño en Heathrow. El móvil estuvo con la hora de Bahrain hasta que me dí cuenta al ir a ponerle la alarma. Sólo es miércoles (¿ya es miércoles?) pero siento que todo lo que me rodea es una neblina que se prolonga desde el lunes.

Como despedida de la India y de mi amiga Isa, esa noche tras la cena en el IISE nos fuimos a tomar el postre a una de las cafeterías del Taj de Trivandrum. En el vestíbulo del hotel disfrutamos de dos indecentes, y distintas, muestras de lo que se puede hacer culinariamente con chocolate. Con nuestro idéntico pedido de café, el camarero sirvió por primera vez en su vida no uno sino dos expresso machiato y agradeciendo nuestras sugerencias no nos los cobró y se llevo una buena propina.

A las once de la noche me cubrían las sábanas, pero a las dos menos diez me tocaba levantarme y llevar las maletas al tuk tuk que me esperaba para llevarme al aeropuerto. Gulf Air tenía la gentileza de ofrecerme un desayuno bañado en luz de amanecer y yo me dejé envolver por ella y me tumbé, medio flexionado, a todo lo largo de mi fila de asientos. A la llegada a Oriente, entre fosilizarme en el aeropuerto y salir hacia Manamá, me decidí por lo último, como ya he contado. Entre saltarme el desayuno y pasar cinco horas dormido en la gratuita habitación del hotel o salir al exterior y enfrentarme a una leve tormenta de arena - que pugnaba con el sol para hacerme entrecerrar los ojos (he dicho, digo, y diré que esa es la principal razón de mis arrugas) -, me dije que cuarenta y dos grados centígrados no son nada y me encaminé a visitar la mezquita Ahmed Al Fateh, de la que hablaré en otro momento.

El tiempo vuela, y más cuando lo empuja el viento, y pronto me encontraba de vuelta en el Aeropuerto, embarcando en dirección a Europa. Me tentaron primero René Zellwegger y luego Liam Neeson y al final le otorgué algunos cuartos de hora sueltos a Morfeo, con el increíblemente bello sonido de un recitado Corán meciéndome a través de los auriculares.

En lugar de libro sagrado, la melodía de esa noche de aterrizaje tardío fue una combinación de charlas que pasaban con prisa, zumbido de neveras de cerrada cafetería y pasos amortiguados. Es lo que ocurre cuando uno se queda a dormir, pero no en solitario, en un aeropuerto como el de Heathrow, que funciona veinticuatro horas al día, los siete días de la semana. Al final uno ha cabeceado más que dormido y se adelanta con diferencia a la suave melodía del despertador (hace tiempo que me levanto con relajación y tranquilidad, no con estridencias y prisas sonoras) y se sube al metro antes de lo previsto, aunque eso no supone que el autobús del aeropuerto salga antes de las fijadas siete y media de la mañana.

Y, finalmente, con casi media hora de retraso, mi avión de EasyJet, despega. Es ya el tercer vuelo que tomo, y pronto el cuarto país que piso, en las últimas (básicamente insomnes) treinta y seis horas.

Ahora, a ver que normalidad me espera.


PD:Subiré este texto escrito a caballo de las nubes, el día que me baje el netbook al centro de Avilés, que mi madre aún no ha puesto Internet en casa. Y espero poder decir que el miércoles dormí como una piedra.

PDII: 30 no son 90, me la guardo, me la guardo. La próxima vez que me digas que de una charla sobre Internet y SEO asegurate de que también me dices que va a durar HORA Y MEDIA y así no me quedo sin palabras tras cuarenta y cinco minutos. Sí, sí, va por ti.

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