El suelo de Mel está duro. Realmente si no lo estuviera sería un suelo original y único, aunque su enmoquetada superficie no lo distinga en absoluto de esa tendencia habitual en los hogares irlandeses. Pero a mí me molesta en particular porque no me facilita en absoluto el sueño, con o sin ayuda del cartojal. A una hora indefinida de la madrugada, pero de lo más inconveniente, me tuve que levantar a buscar una almohada (algo en lo que, estamos de acuerdo, debería haber pensado antes de acostarme). Pero esa ayuda no fue suficiente y el edredón sobre el que dormía, porque era la única manera que se me había ocurrido de que el suelo estuviera menos duro, se vió sometido no a uno sino a dos dobleces (plegados) sobre sí mismo, para intentar mitigar el dolor de mi espalda.
Alguno se preguntará que hago yo dentro de un saco de dormir, sobre un edredón, en el suelo, invadido, del mini estudio de mi amigo Mel. Yo me lo preguntaría si estuviera en vuestro lugar y, cortésmente, procedo a poneros al día.
Si hace tiempo que no actualizo el blog se debe a que mi contrato de 11 meses estaba próximo a expirar y el tiempo on line lo dedicaba a navegar por Recruit Ireland, Irish Jobs, Jobs.ie y otras páginas similares. En vista de que el resultado era nulo, cuando no negativo, y de que se me acababa el tiempo, decidí que encontrarme en el paro iba a ser la excusa perfecta para irme un tiempo a España. Eso sí, dando un pequeño rodeo.
Para el viernes 27, mi último día de trabajo, ya tenía preparadas fechas y rutas. El día 1 de abril dejaba el piso, y así no se complicaban con prorateos y cálculos el reparto de facturas, y me iba a casa de mi buen amigo Mel. El lunes 6 de Abril, un madrugón para volar a Charleroi, subirme en un autobús a Bruselas y allí coger un tren a Ghent, donde pasaría unos días en casa de una amiga. El 10, otro tren de vuelta a la capital belga y de allí, uno más en dirección a Frankfurt, zona en la que estaré hasta el 15, que vuelo (esta vez no hay tren que valga) a Madrid, donde me aloja mi más viejo antiguo amigo. Para el 19, mi madre me verá entrar por la puerta de casa y espero que me haya preparado una buena tortilla.
A partir de esa fecha, como creo que he comentado antes, hay por delante una gran zona gris o, si somos optimistas, un enorme abanico de posibilidades.
En ningún caso contemplaba yo que, a cinco días de mudarme de casa, y por la tarde de mi último día de trabajo, entraran a robarnos en el piso.
Con la mochila (que sí me he podido llevar) del portátil del trabajo (que no me he podido llevar conmigo) cargada de esos papeles, muñecos, y porquerías personales varias que todos tenemos en nuestra mesa de la oficina, abrí la puerta de casa sin sospechar nada raro. Los abrigos estaban todos colgados como siempre, robándole sitio al pasillo, flanqueado por un lado de un indisciplinado ejército de zapatos. Curiosamente, la puerta de mi habitación estaba abierta, con varios libros sujetándola impidiendo que se cerrara y el edredón parcialmente levantado. Yo no recordaba haberlo dejado así pero, no le di más vueltas, y borré de un plumazo mental cualquier extrañeza que pudiera haber aflorado en mi cabeza.
En el salón, la mesa de las cenas de gala (es decir la más grande y alta de las tres que había) presentaba su normal montaña de papeles, ropa y trastos, ninguno de ellos mío, bajo la que se ocultaba la casi totalidad de su superficie. Así que todo estaba como lo había dejado, excepto que todos los cables de Internet y adaptadores de corriente que deberían estar pegaditos a la pared, manías mías, se encontraban en medio, entre el sofá y el radiador. Y que varias bolsas de deporte mías, que en preparación de la inminente mudanza estaban en una esquina, aparecían ahora desperdigadas enfrente de la puerta corredera que da acceso a la terraza.
Y no estaban mis dos portátiles, el Fujitsu Siemens de tercera mano que me compré en Hong Kong ni el principal, el problemático Acer Aspire que llego a Irlanda cuando yo vivía también en el IFSC pero en otras circunstancias.
Lo primero que piensas es que te has equivocado, que no es posible, que no puede haber ocurrido, no a ti, no ahora. Después es un puñetazo en el vientre, que te corta la respiración y te deja un amargo sabor a bilis en la boca.
Con voz entrecortada y tensa llamas a tu compañero de piso, y empiezas a mandar mensajes a los amigos que te esperaban en un pub para celebrar tu “Leaving Party”, que ahora parece una macabra broma. Como tú al principio, nadie se lo cree.
Después la visita a la estación de la Garda, el recibir el consejo gratuito de que “en estos casos no se toca nada y se llama inmediatamente al 999”, la vuelta al piso, a esperar el coche patrulla, la entrada con los dos agentes uniformados y el primer recuento de bajas: tres portátiles, uno de ellos estropeado (el de Ayessa, la esposa de Martin), uno moribundo (mi Fujitsu Siemens, que costaba paciencia que se cargara la batería, bastando respirar junto al cable de corriente para que se desconectara) y uno al que le había reinstalado Windows y Ubuntu hace pocas semanas, así como su maletín de transporte.
A la mañana siguiente, llega la “CSI” a impregnar de polvo varias superficies y a sacar dos huellas de la puerta, que personalmente opino que pueden ser de cualquiera menos de los ladrones. A estas alturas, el recuento de pérdidas se incrementa con 40 libras en efectivo que yo guardaba en un cajón y con una pequeña colección de billetes de los viajes de Mártin que él había enmarcado.
Olvidemos por un momento el continente y centrémonos en el contenido. Que mi cámara hubiera muerto ahogada hace unas semanas, sumado al hecho de que “por si acaso” había hecho una copia de seguridad de mis archivos antes de insertar el “Recovery CD”, limitaban la pérdida de fotos y documentos a un par de semanas como máximo. Y hay que dar gracias a Dios por el hecho de que los ladrones hubieran ignorado esa caja negra que pone LaCie y que tiene, entre su Terabyte de datos, miles de fotos tomadas desde Singapur a Mongolia, pasando por Chile o, por supuesto, Dublin. Eso es realmente lo importante, aunque los cajones revueltos, la intimidad expuesta, el sancta sanctorum violado, eso deja un mal cuerpo que recordarás toda la vida.
Así que el suelo de Mel sigue duro pero yo podría estar mucho peor. Buenas noches.
Alguno se preguntará que hago yo dentro de un saco de dormir, sobre un edredón, en el suelo, invadido, del mini estudio de mi amigo Mel. Yo me lo preguntaría si estuviera en vuestro lugar y, cortésmente, procedo a poneros al día.
Si hace tiempo que no actualizo el blog se debe a que mi contrato de 11 meses estaba próximo a expirar y el tiempo on line lo dedicaba a navegar por Recruit Ireland, Irish Jobs, Jobs.ie y otras páginas similares. En vista de que el resultado era nulo, cuando no negativo, y de que se me acababa el tiempo, decidí que encontrarme en el paro iba a ser la excusa perfecta para irme un tiempo a España. Eso sí, dando un pequeño rodeo.
Para el viernes 27, mi último día de trabajo, ya tenía preparadas fechas y rutas. El día 1 de abril dejaba el piso, y así no se complicaban con prorateos y cálculos el reparto de facturas, y me iba a casa de mi buen amigo Mel. El lunes 6 de Abril, un madrugón para volar a Charleroi, subirme en un autobús a Bruselas y allí coger un tren a Ghent, donde pasaría unos días en casa de una amiga. El 10, otro tren de vuelta a la capital belga y de allí, uno más en dirección a Frankfurt, zona en la que estaré hasta el 15, que vuelo (esta vez no hay tren que valga) a Madrid, donde me aloja mi más viejo antiguo amigo. Para el 19, mi madre me verá entrar por la puerta de casa y espero que me haya preparado una buena tortilla.
A partir de esa fecha, como creo que he comentado antes, hay por delante una gran zona gris o, si somos optimistas, un enorme abanico de posibilidades.
En ningún caso contemplaba yo que, a cinco días de mudarme de casa, y por la tarde de mi último día de trabajo, entraran a robarnos en el piso.
Con la mochila (que sí me he podido llevar) del portátil del trabajo (que no me he podido llevar conmigo) cargada de esos papeles, muñecos, y porquerías personales varias que todos tenemos en nuestra mesa de la oficina, abrí la puerta de casa sin sospechar nada raro. Los abrigos estaban todos colgados como siempre, robándole sitio al pasillo, flanqueado por un lado de un indisciplinado ejército de zapatos. Curiosamente, la puerta de mi habitación estaba abierta, con varios libros sujetándola impidiendo que se cerrara y el edredón parcialmente levantado. Yo no recordaba haberlo dejado así pero, no le di más vueltas, y borré de un plumazo mental cualquier extrañeza que pudiera haber aflorado en mi cabeza.
En el salón, la mesa de las cenas de gala (es decir la más grande y alta de las tres que había) presentaba su normal montaña de papeles, ropa y trastos, ninguno de ellos mío, bajo la que se ocultaba la casi totalidad de su superficie. Así que todo estaba como lo había dejado, excepto que todos los cables de Internet y adaptadores de corriente que deberían estar pegaditos a la pared, manías mías, se encontraban en medio, entre el sofá y el radiador. Y que varias bolsas de deporte mías, que en preparación de la inminente mudanza estaban en una esquina, aparecían ahora desperdigadas enfrente de la puerta corredera que da acceso a la terraza.
Y no estaban mis dos portátiles, el Fujitsu Siemens de tercera mano que me compré en Hong Kong ni el principal, el problemático Acer Aspire que llego a Irlanda cuando yo vivía también en el IFSC pero en otras circunstancias.
Lo primero que piensas es que te has equivocado, que no es posible, que no puede haber ocurrido, no a ti, no ahora. Después es un puñetazo en el vientre, que te corta la respiración y te deja un amargo sabor a bilis en la boca.
Con voz entrecortada y tensa llamas a tu compañero de piso, y empiezas a mandar mensajes a los amigos que te esperaban en un pub para celebrar tu “Leaving Party”, que ahora parece una macabra broma. Como tú al principio, nadie se lo cree.
Después la visita a la estación de la Garda, el recibir el consejo gratuito de que “en estos casos no se toca nada y se llama inmediatamente al 999”, la vuelta al piso, a esperar el coche patrulla, la entrada con los dos agentes uniformados y el primer recuento de bajas: tres portátiles, uno de ellos estropeado (el de Ayessa, la esposa de Martin), uno moribundo (mi Fujitsu Siemens, que costaba paciencia que se cargara la batería, bastando respirar junto al cable de corriente para que se desconectara) y uno al que le había reinstalado Windows y Ubuntu hace pocas semanas, así como su maletín de transporte.
A la mañana siguiente, llega la “CSI” a impregnar de polvo varias superficies y a sacar dos huellas de la puerta, que personalmente opino que pueden ser de cualquiera menos de los ladrones. A estas alturas, el recuento de pérdidas se incrementa con 40 libras en efectivo que yo guardaba en un cajón y con una pequeña colección de billetes de los viajes de Mártin que él había enmarcado.
Olvidemos por un momento el continente y centrémonos en el contenido. Que mi cámara hubiera muerto ahogada hace unas semanas, sumado al hecho de que “por si acaso” había hecho una copia de seguridad de mis archivos antes de insertar el “Recovery CD”, limitaban la pérdida de fotos y documentos a un par de semanas como máximo. Y hay que dar gracias a Dios por el hecho de que los ladrones hubieran ignorado esa caja negra que pone LaCie y que tiene, entre su Terabyte de datos, miles de fotos tomadas desde Singapur a Mongolia, pasando por Chile o, por supuesto, Dublin. Eso es realmente lo importante, aunque los cajones revueltos, la intimidad expuesta, el sancta sanctorum violado, eso deja un mal cuerpo que recordarás toda la vida.
Así que el suelo de Mel sigue duro pero yo podría estar mucho peor. Buenas noches.











6 comentarios:
Te miro un tuerto,majo, uya nos veremos por aqui.
Pd. Trae cervezas de Belgica:)
Que mala suerte! Espero que la vuelta te haya ido bien. Saludos.
Mi amor, tas gafao... pero como tu bien dices, podria ser peor. Las fotos estan a salvo y menos mal que no te compraste todavia la camara nueva!
Un beso y pasalo bien en Belgica, Alemania y Espana. Pena que la India te quede un poquito lejos...
Besos,
Isa
(Lethe) Un tuerto con muy mala leche, muy mala leche...!
(Jaume) Creo que es el momento adecuado para ponerme a jugar a la Loto...!
(Isabel) Ya te digo! La cámara me estará esperando en Madrid cuando llegue y, que yo sepa, Ryanair aún no vuela a Trivanaturamporompompero...!
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