El pasado domingo de tarde todo el personal de “La Chilostra” estaba tomando copas en un bar de la zona, lo cual no deja de ser normal. Lo que era menos habitual es que uno de los más populares establecimientos de cervezas y tostas (y estupendas y generosas tapas, por cierto) estuviera cerrado ni más ni menos que la noche del sábado. Una fiesta de cumpleaños para Paula (que comparte piso con mi entonces anfitrión y amigo Guillermo) fue la excusa perfecta para sacar a Blair, Pedro. Esteban y demás de detrás de la barra y ponerlos a empuñar cañas(1) propias, que no ajenas. Y whisky, of course.
Lo gracioso es que la fiesta sorpresa para la urugua
Eso sí, cuando llegó a casa y se abrieron las puertas del salón y de una veintena de gargantas en su mayoría femeninas o feminizadas gritaron “¡Sorpresa!”, Paula puso su mejor cara de “que susto me habeis dado, no me esperaba esto, que lindo” y nadie se enteró. Si es que dentro de cada mujer hay una actriz que practica sus artes continuamente.
Que la fiesta acabara a las cinco de la mañana no fue, tampoco, ninguna sorpresa. Algunos de los más empecinados no nos resignamos y salimos a la caza del garito abierto. Y con ello acabamos cerrando dos bares para, tres horas después de abandonar la zona de Antón Martín, ir a comer pizza y tortilla en casa de Jorge, en Canillas (un lugar del que desconocía tanto su existencia como su proximidad al Aeropuerto). Repartidos entre sofá y cama, dormitamos el amanecer, que para mí resultó especialmente breve pues tenía una cita para el vermú del domingo de vuelta a casa, a donde deberían llegar Eva y Nuria para, con un resucitado Guillermo, irnos los cuatro a, originalidad total, “La Chilostra”
Para cuando acabé de preparar la mochila y de enviar los últimos emails (ya que en Avilés mi acceso a Internet está limitado a las visitas a casa de mi amigo Chus, mi tía Araceli o – si la meteorología lo permite – disfrutar desde un banco de la – espero que aún – gratuita red WiFi del Ayuntamiento por el centro urbano), eran pasadas las tres de la mañana. Y a las cinco y media, en pie para darme un madrugador paseo hasta Atocha, coger un cercanías a Chamartín, subirme a un tren con pico de pato que me deja a las 11.26 en Oviedo, pillar por los pelos el ALSA de las 11.30 a Avilés y subir a casa en el autobús de las 12.
A las 12.30, por fín, me echaba una merecida, e indecentemente prolongada, siesta.
(1) Curiosamente a lo que en Madrid llaman “cañas” no deja de ser lo que los asturianos llaman un corto, pues harían falta dos de ellos para llenar el vaso de tubo en el que nosotros las tomamos. Cosas de los del Norte, imagino.
(Nota: Obviamente, aunque lo publique hoy, hace días que escribí el texto, pero la falta de medios...)











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