miércoles, 11 de marzo de 2009

192

Unos meses después, yo también viajaba en un cercanías madrileño. Conforme a lo que uno espera, las puertas del vagón se abrían al llegar a cada estación y se cerraban automáticamente antes de ponerse en marcha con destino a la siguiente.

En una de ellas no se cerraron. De repente, había gente corriendo por el andén, guardias de seguridad pidiendo a los viajeros que abandonaran el tren inmediatamente. Miradas de nervios entre los pasajeros que nos abalanzamos sobre las puertas.

Falsa alarma, el paquete sospechoso del que alguien había alertado resultó ser solo una bolsa abandonada. Volvimos a nuestros asientos, con un silencio pesado solamente roto por alguien que intentaba llorar en voz baja. Yo tenía entonces un nudo en la garganta, como lo tengo ahora al recordarlo. El tren se puso en marcha con normalidad y volvieron a llegar a mis oídos los habituales sonidos de las ruedas sobre las vías, conduciéndonos hacia Madrid, a donde llegaríamos en unos minutos.

Hace cinco años, 192 personas no tuvieron esa suerte.

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