La alfombra, que no es de dimensiones precisamente descomunales, ocupa un puesto a la vez preferente y modesto en el salón, si tal cosa es compatible. Por un lado está destinada a ser pisada por todo el que va de paso, se queda a ver la televisión, tomar el café o charlar. Proteje las baldosas nuevas de las, de otro modo inevitables, marcas causadas por la mesa que, tarea compartida con la de la cocina, es testigo de comidas, cenas y alguno de mis esporádicos y refunfuñantes desayunos. No es persa, no es afgana, sólo es tan humilde como sus colores y diseños, ni sosos ni chillones. .
En un lado de la estancia hay un enorme mueble aparador que no desentonaría como atrezzo en un episodio de “La Chica de Ayer”. En aquella época era elegante y vanguardista, pero entonces IKEA no tenía una tienda a las afueras de Oviedo y de Suecia sólo llegaban sus espectaculares nativas, para deleite de los personajes de Alfredo Landa. Hoy semejante reliquia se ha quedado en funcional recuerdo sentimental que soy incapaz de condenar a la muerte y al vertedero. Para disimularle las arrugas, el exotismo y la modernidad le llegan en forma de distintas piezas que decoran sus huecos. Uno de ellos es una preciosa, a mi subjetivo parecer, muestra de arte indio de unos 40 cm de alto y montada sobre una peana rectangular. Esculpido en madera en los años 20 o 30, una policromada figura femenina sostiene en sus brazos a una niña. Formaban parte de un conjunto en un alto o bajorelieve, pero cuando lo compré en una tienda de Pushkar no había información o rastro alguno del resto o de su procedencia.
Hace poco que una esquina de la alfombra se ha vuelto rebelde y se dobla sobre si misma, ocasionándole a mi madre una constante molestia por ese atentado a la estética y el orden. Su solución es, cada vez que me ausento, coger la estatua india y, aprovechando el peso de la misma y su rectangular peana, ponerla sobre la esquina de la puñetera alfombra para forzar que ésta vuelva a su forma habitual.
Menos mal que, a veces, madre no hay más que una.
En un lado de la estancia hay un enorme mueble aparador que no desentonaría como atrezzo en un episodio de “La Chica de Ayer”. En aquella época era elegante y vanguardista, pero entonces IKEA no tenía una tienda a las afueras de Oviedo y de Suecia sólo llegaban sus espectaculares nativas, para deleite de los personajes de Alfredo Landa. Hoy semejante reliquia se ha quedado en funcional recuerdo sentimental que soy incapaz de condenar a la muerte y al vertedero. Para disimularle las arrugas, el exotismo y la modernidad le llegan en forma de distintas piezas que decoran sus huecos. Uno de ellos es una preciosa, a mi subjetivo parecer, muestra de arte indio de unos 40 cm de alto y montada sobre una peana rectangular. Esculpido en madera en los años 20 o 30, una policromada figura femenina sostiene en sus brazos a una niña. Formaban parte de un conjunto en un alto o bajorelieve, pero cuando lo compré en una tienda de Pushkar no había información o rastro alguno del resto o de su procedencia.
Hace poco que una esquina de la alfombra se ha vuelto rebelde y se dobla sobre si misma, ocasionándole a mi madre una constante molestia por ese atentado a la estética y el orden. Su solución es, cada vez que me ausento, coger la estatua india y, aprovechando el peso de la misma y su rectangular peana, ponerla sobre la esquina de la puñetera alfombra para forzar que ésta vuelva a su forma habitual.
Menos mal que, a veces, madre no hay más que una.











No hay comentarios.:
Publicar un comentario