lunes, 4 de mayo de 2009

Duelo de titanes

La alfombra, que no es de dimensiones precisamente descomunales, ocupa un puesto a la vez preferente y modesto en el salón, si tal cosa es compatible. Por un lado está destinada a ser pisada por todo el que va de paso, se queda a ver la televisión, tomar el café o charlar. Proteje las baldosas nuevas de las, de otro modo inevitables, marcas causadas por la mesa que, tarea compartida con la de la cocina, es testigo de comidas, cenas y alguno de mis esporádicos y refunfuñantes desayunos. No es persa, no es afgana, sólo es tan humilde como sus colores y diseños, ni sosos ni chillones. .

En un lado de la estancia hay un enorme mueble aparador que no desentonaría como atrezzo en un episodio de “La Chica de Ayer”. En aquella época era elegante y vanguardista, pero entonces IKEA no tenía una tienda a las afueras de Oviedo y de Suecia sólo llegaban sus espectaculares nativas, para deleite de los personajes de Alfredo Landa. Hoy semejante reliquia se ha quedado en funcional recuerdo sentimental que soy incapaz de condenar a la muerte y al vertedero. Para disimularle las arrugas, el exotismo y la modernidad le llegan en forma de distintas piezas que decoran sus huecos. Uno de ellos es una preciosa, a mi subjetivo parecer, muestra de arte indio de unos 40 cm de alto y montada sobre una peana rectangular. Esculpido en madera en los años 20 o 30, una policromada figura femenina sostiene en sus brazos a una niña. Formaban parte de un conjunto en un alto o bajorelieve, pero cuando lo compré en una tienda de Pushkar no había información o rastro alguno del resto o de su procedencia.

Hace poco que una esquina de la alfombra se ha vuelto rebelde y se dobla sobre si misma, ocasionándole a mi madre una constante molestia por ese atentado a la estética y el orden. Su solución es, cada vez que me ausento, coger la estatua india y, aprovechando el peso de la misma y su rectangular peana, ponerla sobre la esquina de la puñetera alfombra para forzar que ésta vuelva a su forma habitual.

Menos mal que, a veces, madre no hay más que una.

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