A veces pasa cuando menos se espera, y otras después de muchos años, pero fue el domingo de tarde que les llegó el momento de salir de la oscuridad y el olvido para ver la luz. Por fin, más de un año después de que llegaran a Avilés, me he acordado de ellos y ahora presumen orgullosamente de su exotismo, colgados en el salón.
Le hacen compañía al pequeño camello de Mongolia, la botella de madera del Nepal , una cajita de tikka de Delhi, un cesto-mochila de Vietnam y a parte de un policrómico conjunto de esculturas adquirido en Pushkar.











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