No es por nuestro porte, el pelo negro (ahí no soy un buen ejemplo), la piel aceituna (tampoco aquí) o la mirada gitana (ídem). No, a los españoles se nos reconoce porque somos, básicamente, unos gritones.
Creo que compartimos ese dudoso honor con otros pueblos latinos (ah, ya asoma la excusa del carácter), como griegos e italianos. Pero, claro, como la mayoría de mis vuelos son a Madrid o, desde allí, a Dublín, y no a Roma o Atenas, pues opino por lo que veo, lo que me antecede en la cola de embarque o aquello que se sienta a mi lado o demasiado cerca.
El viernes, el vuelo de Ryanair de Madrid a Dublín estaba lleno de adolescentes que estudian en Irlanda, plenos de hormonas y con estupendas cuerdas vocales. Pero, aparte de que estaban chillando cuando por los altavoces se anunciaba el motivo del retraso (nuestro vuelo que despegaba a las cinco lo acabó haciendo pasadas las seis y cuarto, como ya he comentado), no ha habido mayores incidencias con los guajes.
Otros españoles, más talluditos pero aún en su veintena, son los que han entrado hasta el fondo del aparato dando voces entre sonrisas. Uno de ellas, Maite “la de pentrante voz”, dos asientos a mi izquierda, misma fila, la novia de David, en el asiento de mi izquierda, ha informado a todo el pasaje hispanoparlante de que su (enorme) bolsa (de color pantera de Peter Sellers) no entraba en el compartimento superior así que sólo le quedaba como solución el ponerlo en el suelo, entre asiento y respaldo. Como las normas de Aviación Civil a veces están para algo, la azafata (que pedía un poco de autoridad al ir tocada con un gorrito de Papa Noel) le indicó amablemente (no, en serio) que o la metía debajo del asiento o tenía que ir en la bodega de carga, con el resto de las maletas, las facturadas (la señorita de Ryanair y yo pensamos lo mismo; esas dimensiones no eran ni de coña los 50x20x20 autorizados).
Al grito histérico de “¡Es que tengo cosas frágiles!”, se acabó llamando a un auxiliar de vuelo (lo de azafato me suena horrible) que hablaba español, y que, a fuerza de sonreírle a Maite, y tras repetir exactamente lo mismo que su compañera, acabó obteniendo la custodia de la susodicha maleta.
En ella se fueron varios platos de regalo para la familia, incluyendo uno con forma de árbol de Navidad que me niego a que forme parte de mis futuras pesadillas.
(Nota: el amigo de Mayte que juega a la PSP no sabe que existen los auriculares o el botón de silencio, porque nos está castigando con el pipipiriiiipipiriiii pipiripiiii que es la banda sonora de su juego. De todos modos, como les canta las jugadas a los dos amigos que están sentados con él, resulta un poco menos molesto, al amortiguar el electrónico ruido).
Creo que compartimos ese dudoso honor con otros pueblos latinos (ah, ya asoma la excusa del carácter), como griegos e italianos. Pero, claro, como la mayoría de mis vuelos son a Madrid o, desde allí, a Dublín, y no a Roma o Atenas, pues opino por lo que veo, lo que me antecede en la cola de embarque o aquello que se sienta a mi lado o demasiado cerca.
El viernes, el vuelo de Ryanair de Madrid a Dublín estaba lleno de adolescentes que estudian en Irlanda, plenos de hormonas y con estupendas cuerdas vocales. Pero, aparte de que estaban chillando cuando por los altavoces se anunciaba el motivo del retraso (nuestro vuelo que despegaba a las cinco lo acabó haciendo pasadas las seis y cuarto, como ya he comentado), no ha habido mayores incidencias con los guajes.
Otros españoles, más talluditos pero aún en su veintena, son los que han entrado hasta el fondo del aparato dando voces entre sonrisas. Uno de ellas, Maite “la de pentrante voz”, dos asientos a mi izquierda, misma fila, la novia de David, en el asiento de mi izquierda, ha informado a todo el pasaje hispanoparlante de que su (enorme) bolsa (de color pantera de Peter Sellers) no entraba en el compartimento superior así que sólo le quedaba como solución el ponerlo en el suelo, entre asiento y respaldo. Como las normas de Aviación Civil a veces están para algo, la azafata (que pedía un poco de autoridad al ir tocada con un gorrito de Papa Noel) le indicó amablemente (no, en serio) que o la metía debajo del asiento o tenía que ir en la bodega de carga, con el resto de las maletas, las facturadas (la señorita de Ryanair y yo pensamos lo mismo; esas dimensiones no eran ni de coña los 50x20x20 autorizados).
Al grito histérico de “¡Es que tengo cosas frágiles!”, se acabó llamando a un auxiliar de vuelo (lo de azafato me suena horrible) que hablaba español, y que, a fuerza de sonreírle a Maite, y tras repetir exactamente lo mismo que su compañera, acabó obteniendo la custodia de la susodicha maleta.
En ella se fueron varios platos de regalo para la familia, incluyendo uno con forma de árbol de Navidad que me niego a que forme parte de mis futuras pesadillas.
(Nota: el amigo de Mayte que juega a la PSP no sabe que existen los auriculares o el botón de silencio, porque nos está castigando con el pipipiriiiipipiriiii pipiripiiii que es la banda sonora de su juego. De todos modos, como les canta las jugadas a los dos amigos que están sentados con él, resulta un poco menos molesto, al amortiguar el electrónico ruido).











2 comentarios:
Hola cielo, me he reído con tantas ganas leyendo tus últimos posts que casi hago caer a las ardillas de los cocoteros...
Bueno, yo tampoco he enviado postales este año, pero me acuerdo mucho de todos. Te echo de menos.
Muchos besos,
Isabel
Pues mi último texto es más bien "pa" llorar...
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