“Eso no puede subirlo a la cabina del avión, tendrá que facturarlo o dejarlo aquí”, me dijo la funcionaria de seguridad en el Aeropuerto de Heathrow. “Me toma el pelo”, pensé yo, pues mi vuelo despegaba en menos de una hora y bajo ninguna circunstancia iba yo a dejar bajo su ignorante custodia y desprecio mis diez latas de fabada asturiana y lentejas con chorizo, ni las cuatro de pulpo a la gallega, que incrementaban en demasiados kilos el peso de mi equipaje de mano.
Algo que nunca me había dado problemas en Madrid o Asturias, me los tenía que dar en el aeropuerto cutre de Heathrow, donde no hubiera habido ningún problema de transportar yo una tarta de boda. Volví corriendo al mostrador de BMI y le comenté mi problema a la chica que hacía unos momentos había facturado mi maleta de diecinueve kilos. Agradable, simpática y encantadora, en menos de un minuto había facturado mi mochila (y sus quince kilos de peso) y resuelto el problema con una sonrisa.
Os lo creáis o no, mi vuelo de Londres a Dublín también salió con retraso.
(En la foto, el arma preferida de los terroristas suicidas católicos, rubios y de ojos azules)











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