Conforme al precepto de que después de la primera cita no hay que dar señales de vida en unos días no hay que darse prisa en telefonear, ella no me llamó al día siguiente, miércoles, ni al otro, jueves. No fue hasta el mediodía del viernes cuando me sorprendió con su voz.
Pues parece ser que le gustó como lo hice y quiere más. No sólo eso, sino que quiere compartirme, y esta vez será donde ella trabaja. Así que, otra vez con la masculinidad a la altura de la garganta nervioso y excitado, el martes a las 4 de la tarde me presentaré en las oficinas de esa empresa a la que, para respetar mí, y su, privacidad, he dado en identificar sólo como “Boogle”.
Como si de ráfagas de subfusil se tratara, por espacios de 20-30 minutos conoceré a Caitriona, me entrevistaré con una persona del Departamento de Contratos (Finanzas), asistiré a una videoconferencia con otra persona en Londres y tendré otra videoconferencia con los Estados Unidos, con el jefe del jefe de mi posible jefe. O puede que con su jefe, incluso, que aún no tengo yo muy claro el organigrama, aunque cualquiera de ambas opciones es igualmente acojonante interesante.
En un email, he recibido detalladas instrucciones sobre como llegar a las oficinas, en
Eso sí, esta vez no puedo dejarlo para el último momento me tengo que preparar a conciencia respuestas a preguntas tan poco originales tipo como:
PD: Como estas cosas vienen así de seguidas, el día siguiente por la tarde tengo una entrevista con mis antiguos patronos, una empresa multinacional del consulting y el outsourcing que rima con “Axsenture”, para un puesto en las oficinas de mi antiguo destino, una empresa multinacional de la informática que rima con “Mirosoft”.











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