Ambos nos acercamos al frontal de la cabina, separados del agente por una pequeña estructura acristalada que no cubría toda la altura de la misma. Entregábamos nuestros pasaportes al funcionario de turno y comprobaba que ambos teníamos el visado electrónico en regla. El siguiente paso era verificar el pasaporte en sí, y para ello lo introducía en la ranura de una pequeña máquina que leía el chip en el interior de su portada. Pasados unos segundos retiraba el de mi acompañante e introducía el mío. La pausa se extendía más de lo normal y notaba que algo raro pasaba.
El hombre uniformado levantaba la mirada y se acercaba otro agente de aduanas, que tomaba los dos pasaportes para examinarlos. El chip del documento de mi compañera de viaje era distinto al mío, su circular indicador lumínico presentaba un color rojo brillante mientras que el mío era del color ambarino de las farolas que se ven al sobrevolar urbanizaciones de noche.
“Este pasaporte no es válido para entrar en el país”, me decía en perfecto español,”no es el modelo electrónico requerido”. Acabábamos de aterrizar y se me hizo un nudo en la garganta, los ocho días de vacaciones se iban a tomar por saco ¿tendría que permanecer en la zona de transito?¿me embarcarían en el primer vuelo de vuelta a Europa?.
“Tendrá que pagar usted treinta euros para poder entrar”, y me señaló otro mostrador a un par de metros. Dios aprieta pero no ahoga, el sino de mi vida, pensé yo mientras me acercaba a la señora mayor que dominaba el cubículo con su presencia.
Ante mi pregunta de si aceptaban VISA, la mujer me respondió (en español al notar mi acento) que sí, por supuesto, así que eché mano de la cartera para sacar una tarjeta caducada el mes anterior y hacer mi primer gasto en territorio estadounidense.
Mientras tanto mi compañera de viaje, mi ex-novia I., me esperaba con su mochila a la espalda, junto a la puerta de salida.
(Toma material onírico, Sigmund, a ver que me cuentas que no se me haya pasado ya por la cabeza – sí, es un juego de palabras)
El hombre uniformado levantaba la mirada y se acercaba otro agente de aduanas, que tomaba los dos pasaportes para examinarlos. El chip del documento de mi compañera de viaje era distinto al mío, su circular indicador lumínico presentaba un color rojo brillante mientras que el mío era del color ambarino de las farolas que se ven al sobrevolar urbanizaciones de noche.
“Este pasaporte no es válido para entrar en el país”, me decía en perfecto español,”no es el modelo electrónico requerido”. Acabábamos de aterrizar y se me hizo un nudo en la garganta, los ocho días de vacaciones se iban a tomar por saco ¿tendría que permanecer en la zona de transito?¿me embarcarían en el primer vuelo de vuelta a Europa?.
“Tendrá que pagar usted treinta euros para poder entrar”, y me señaló otro mostrador a un par de metros. Dios aprieta pero no ahoga, el sino de mi vida, pensé yo mientras me acercaba a la señora mayor que dominaba el cubículo con su presencia.
Ante mi pregunta de si aceptaban VISA, la mujer me respondió (en español al notar mi acento) que sí, por supuesto, así que eché mano de la cartera para sacar una tarjeta caducada el mes anterior y hacer mi primer gasto en territorio estadounidense.
Mientras tanto mi compañera de viaje, mi ex-novia I., me esperaba con su mochila a la espalda, junto a la puerta de salida.
(Toma material onírico, Sigmund, a ver que me cuentas que no se me haya pasado ya por la cabeza – sí, es un juego de palabras)











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