Esta mañana he abierto la nevera por primera vez en tres días y lo que he descubierto me ha llevado a tomar el café del desayuno, en la cama, casi como un señor, sin una sóla gota de leche. El blanco producto de las vacas que yo tenía en casa había decidido emprender una nueva carrera en Hollywood;
“Interior de un piso en silencio. En la oscuridad se adivinan las sombras de algunos muebles y se intuye un desorden general. El ruido de las llaves en la puerta anuncia la llegada del inquilino que, avanzando por un pasillo en que la única decoración es una mesita con la foto de una mujer sobre ella, gira la esquina y entra en la pequeña cocina. Al abrir la nevera, vemos el destello de una placa de detective de la policía de Nueva York en el cinturón del hombre. En su costado izquierdo, una negra pistola duerme en su funda. El hombre, pasada la treintena y con el rostro inexpresivo a fuerza de haber visto todo los grados del sufrimiento, extiende su brazo hacia el interior donde verduras y vegetales brillan por su ausencia y saca [ojo, prestad atención que ahora entra en escena mi amigo] un cartón de leche que se lleva directamente a los labios...para una décima de segundo después escupir lo poco que había entrado en su boca. Con gesto asqueado vemos como da un paso hacia el fregadero y, girando el cartón, vierte en él su contenido, que es más grumos que líquido.”
Aunque me abandonó sin dejar ni una miserable nota de despedida, le deseo lo mejor en su futura carrera como atrezzo.
“Interior de un piso en silencio. En la oscuridad se adivinan las sombras de algunos muebles y se intuye un desorden general. El ruido de las llaves en la puerta anuncia la llegada del inquilino que, avanzando por un pasillo en que la única decoración es una mesita con la foto de una mujer sobre ella, gira la esquina y entra en la pequeña cocina. Al abrir la nevera, vemos el destello de una placa de detective de la policía de Nueva York en el cinturón del hombre. En su costado izquierdo, una negra pistola duerme en su funda. El hombre, pasada la treintena y con el rostro inexpresivo a fuerza de haber visto todo los grados del sufrimiento, extiende su brazo hacia el interior donde verduras y vegetales brillan por su ausencia y saca [ojo, prestad atención que ahora entra en escena mi amigo] un cartón de leche que se lleva directamente a los labios...para una décima de segundo después escupir lo poco que había entrado en su boca. Con gesto asqueado vemos como da un paso hacia el fregadero y, girando el cartón, vierte en él su contenido, que es más grumos que líquido.”
Aunque me abandonó sin dejar ni una miserable nota de despedida, le deseo lo mejor en su futura carrera como atrezzo.











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