El miércoles por la tarde me tocó discutir una noche extra con el dueño del hostal en que me alojo. Bueno, llamarlo hostal es un poco pretencioso, porque sólo tiene dos habitaciones, en el primer piso sobre un bajo comercial. Hum ¿sólo dos habitaciones?¿con cuarto de baño y nevera?¿con balcón con su silla y sus mesas? ¿en, literalmente, primera línea de playa? ¿con una tienda de música debajo, de la que salen, la mayor parte del tiempo,relajantes melodías tibetanas y New Age? ¿con el ruido de las olas del mar cada vez que abro la puerta de la terraza?
No, esto no es un hostal, ¡es un Hotel Exclusivo!
El caso es que la madrugada del lunes, a eso de las seis de la mañana, cuando llegué y me puse a buscar alojamiento, se me acercó este hombre (¡ah, el espíritu empresarial!) en la playa y empezó a preguntarme si quería habitación, cual era mi presupuesto, etc. Como el suyo era el alojamiento que había al principio de la zona en que yo iba a preguntar si tenían plaza, subí a verlo. Cuarto de baño de estilo occidental, una enorme habitación doble, mininevera, un gran escritorio, terraza con vistas a la playa...a la que se accedía con sólo cruzar los dos metros de acera.
Decidí que lo que yo necesitaba, después de que mi última noche durmiendo en una cama hubiera sido la del viernes, era caerme redondo en algún sitio y ese era tan bueno como cualquier otro, o un poquito más. Acordamos que si me quedaba tres noches, pagaría mil rupias en total y que si sólo me quedaba una noche (por aquello de mirar otros sitios y tarifas), serían trescientas cincuenta.
Entre que más vale malo conocido, que en realidad no es tan malo, que yo no tenía aún muy clara la ruta de viaje, que esa noche cenaba con Isa – menuda sorpresa le espera - y con Nora y que eso podía afectar a los planes (puesto que ellas, viviendo aquí, me podían hacer sugerencias) decidí quedarme una noche más, y el miércoles llamó a mi puerta para discutir el tema económico.
O el amigo tiró el precio cuando lo negociamos y no le interesaba tenerme allí o no lo entiendo, porque cuando le he dicho de quedarme una cuarta noche el tío me ha pedido mil trescientas cincuenta rupias, y no se bajaba de la burra. Ni me ha reducido el precio, por ejemplo a mil doscientos, lo que yo intentaba, hubieran sido trescientas por noche, ni ha dicho mil trescientas treinta y tres (hubiera sido igualar la proporción), ni ha tenido interés en regatear (que es lo mas chocante). Le dije que no sólo eso no era un descuento sino que era además una subida de precio y que no me interesaba, así que sólo me quedaría las tres noches y pagaría por ellas lo inicialmente acordado.
Quince minutos después, me rompen la siesta otra vez cuando vuelven a llamar a la puerta. Es el chico que tiene como encargado y su jefe esta al teléfono y ahora me pide mil trescientos. Pues vale, pienso yo. Eso si, después de pasarle el teléfono al chico, éste me ha dicho que el jefe quiere que le pague ahora. Ni hablar, se paga cuando uno abandona la habitación. A todo lo mas, le ofrecía pagarle mil rupias mañana (por las tres noches acordadas de antemano) y trescientas el viernes por la mañana (por la noche “extra” del jueves).
En fín, que el alojamiento me acaba saliendo a 4,88 euros la noche, menos que una pinta de Carlsberg en Dublín.

No, esto no es un hostal, ¡es un Hotel Exclusivo!
El caso es que la madrugada del lunes, a eso de las seis de la mañana, cuando llegué y me puse a buscar alojamiento, se me acercó este hombre (¡ah, el espíritu empresarial!) en la playa y empezó a preguntarme si quería habitación, cual era mi presupuesto, etc. Como el suyo era el alojamiento que había al principio de la zona en que yo iba a preguntar si tenían plaza, subí a verlo. Cuarto de baño de estilo occidental, una enorme habitación doble, mininevera, un gran escritorio, terraza con vistas a la playa...a la que se accedía con sólo cruzar los dos metros de acera.
Decidí que lo que yo necesitaba, después de que mi última noche durmiendo en una cama hubiera sido la del viernes, era caerme redondo en algún sitio y ese era tan bueno como cualquier otro, o un poquito más. Acordamos que si me quedaba tres noches, pagaría mil rupias en total y que si sólo me quedaba una noche (por aquello de mirar otros sitios y tarifas), serían trescientas cincuenta.
Entre que más vale malo conocido, que en realidad no es tan malo, que yo no tenía aún muy clara la ruta de viaje, que esa noche cenaba con Isa – menuda sorpresa le espera - y con Nora y que eso podía afectar a los planes (puesto que ellas, viviendo aquí, me podían hacer sugerencias) decidí quedarme una noche más, y el miércoles llamó a mi puerta para discutir el tema económico.
O el amigo tiró el precio cuando lo negociamos y no le interesaba tenerme allí o no lo entiendo, porque cuando le he dicho de quedarme una cuarta noche el tío me ha pedido mil trescientas cincuenta rupias, y no se bajaba de la burra. Ni me ha reducido el precio, por ejemplo a mil doscientos, lo que yo intentaba, hubieran sido trescientas por noche, ni ha dicho mil trescientas treinta y tres (hubiera sido igualar la proporción), ni ha tenido interés en regatear (que es lo mas chocante). Le dije que no sólo eso no era un descuento sino que era además una subida de precio y que no me interesaba, así que sólo me quedaría las tres noches y pagaría por ellas lo inicialmente acordado.
Quince minutos después, me rompen la siesta otra vez cuando vuelven a llamar a la puerta. Es el chico que tiene como encargado y su jefe esta al teléfono y ahora me pide mil trescientos. Pues vale, pienso yo. Eso si, después de pasarle el teléfono al chico, éste me ha dicho que el jefe quiere que le pague ahora. Ni hablar, se paga cuando uno abandona la habitación. A todo lo mas, le ofrecía pagarle mil rupias mañana (por las tres noches acordadas de antemano) y trescientas el viernes por la mañana (por la noche “extra” del jueves).
En fín, que el alojamiento me acaba saliendo a 4,88 euros la noche, menos que una pinta de Carlsberg en Dublín.











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