La taza de leche al microondas durante cuatro minutos, a potencia máxima. Después, a la máquina de café, muy moderna, con su deposito de granos a la vista, para certificar que se muelen sobre la marcha, para soltarle dos chorros de expresso. El sabor se lo doy con un sobrecito de Kenco y azúcar de caña para endulzar.
Es ya media mañana y toca la primera inyección de cafeína, aunque rebajada con abundante leche, de las tres o cuatro que habrá a lo largo del día. Mis compañeros, obviamente, prefieren el té.
Ni ellos ni yo somos adictos a nuestras respectivas bebidas, pero otra gente sí que tiene problemas, graves, y pierden el control por ello.
Leo en El Mundo que una pasajera española cuyo avión se preparaba para despegar de Nueva York con rumbo a Madrid se metió en el lavabo, arrancó el detector de humos y se puso a fumar. Acabó, junto con su marido y sus tres hijos, en tierra.
Esa señora tiene un problema, y como a tantos otros fumadores, no les ha sobrevenido de la noche a la mañana. Nadie les apuntó con una pistola para que encendieran su primer cigarrillo. Al contrario que los niños reclutados por los Khemer Rouge, ellos no corrian peligro de ser asesinados si no fumaban.
El 99% de los fumadores no tiene la culpa de serlo, no tira las colillas en parques, jardines, playas, aceras y a dos metros de una papelera. El 99% de los fumadores levanta la cabeza cuando exhala el humo, para no molestar a los otros viandantes. Y cuando conducen, nunca vacían el cenicero del coche en las obligadas paradas por culpa de los semáforos. No fuman, tampoco, nunca, cuando esperan en una parada de autobús o hacen cola. Ni cuando están en un restaurante o bar de esos que, la pela es la pela, y la salud me la pela, permiten fumar en su interior, y que se fastidien los camareros y los clientes no fumadores.
Esa adicción causa la muerte prematura de más de 50.000 personas cada año en nuestro país. Ríete tú de los accidentes de tráfico.
“No tengo prisa”, es el chascarrillo que se les oye a los que cierran los ojos a la realidad: desde la exposición a agentes cancerígenos hasta la aparición de los primeros signos de la enfermedad pueden pasar unos 20 años de media. ¿Y cuando aparecen? Un tercio de los fallecidos por culpa de un cáncer lo harán por culpa de uno de pulmón. Y nueve de cada diez tumores de pulmón están relacionados con el tabaco.
Al tabaco se le combate con tres armas: educación, información y prohibición. Una cuarta, la valentía, no la tiene el PSOE, que ha promulgado la ley más ridícula de nuestro entorno, sobre el consumo de tabaco en lugares públicos. Podían aprender mucho de Irlanda.
Y a ver si esos suicidas empiezan a respetarnos a nosotros, a los no fumadores a los que matan.
Es ya media mañana y toca la primera inyección de cafeína, aunque rebajada con abundante leche, de las tres o cuatro que habrá a lo largo del día. Mis compañeros, obviamente, prefieren el té.
Ni ellos ni yo somos adictos a nuestras respectivas bebidas, pero otra gente sí que tiene problemas, graves, y pierden el control por ello.
Leo en El Mundo que una pasajera española cuyo avión se preparaba para despegar de Nueva York con rumbo a Madrid se metió en el lavabo, arrancó el detector de humos y se puso a fumar. Acabó, junto con su marido y sus tres hijos, en tierra.
Esa señora tiene un problema, y como a tantos otros fumadores, no les ha sobrevenido de la noche a la mañana. Nadie les apuntó con una pistola para que encendieran su primer cigarrillo. Al contrario que los niños reclutados por los Khemer Rouge, ellos no corrian peligro de ser asesinados si no fumaban.
El 99% de los fumadores no tiene la culpa de serlo, no tira las colillas en parques, jardines, playas, aceras y a dos metros de una papelera. El 99% de los fumadores levanta la cabeza cuando exhala el humo, para no molestar a los otros viandantes. Y cuando conducen, nunca vacían el cenicero del coche en las obligadas paradas por culpa de los semáforos. No fuman, tampoco, nunca, cuando esperan en una parada de autobús o hacen cola. Ni cuando están en un restaurante o bar de esos que, la pela es la pela, y la salud me la pela, permiten fumar en su interior, y que se fastidien los camareros y los clientes no fumadores.
Esa adicción causa la muerte prematura de más de 50.000 personas cada año en nuestro país. Ríete tú de los accidentes de tráfico.
“No tengo prisa”, es el chascarrillo que se les oye a los que cierran los ojos a la realidad: desde la exposición a agentes cancerígenos hasta la aparición de los primeros signos de la enfermedad pueden pasar unos 20 años de media. ¿Y cuando aparecen? Un tercio de los fallecidos por culpa de un cáncer lo harán por culpa de uno de pulmón. Y nueve de cada diez tumores de pulmón están relacionados con el tabaco.
Al tabaco se le combate con tres armas: educación, información y prohibición. Una cuarta, la valentía, no la tiene el PSOE, que ha promulgado la ley más ridícula de nuestro entorno, sobre el consumo de tabaco en lugares públicos. Podían aprender mucho de Irlanda.
Y a ver si esos suicidas empiezan a respetarnos a nosotros, a los no fumadores a los que matan.











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