domingo 11 de diciembre de 2011

El caballo de Espartero

Ayer me senté a cenar en un taburete de plástico, en una mesa de plástico, ocupando junto con otras mesas la mitad de una acera. Conforme se acercaban más clientes, el matrimonio que regentaba el puesto en la calle - básicamente un carrito con ruedas en el que había una sartén enorme y varios pucheros de idéntica descomunalidad - iban disponiendo más sillas y mesas donde había hueco, incluyendo entre coches aparcados. El menú es sencillo, sólo cuatro platos (cerdo con noodles o sopa), en tamaño pequeño o grande. Positivo para la logística de un negocio que se lleva empujando y para la decisión del consumidor.

Y allí estaba yo, tomando mis noodles (fideos chinos), a los que había aderezado generosamente de picante en polvo y en líquido, y en los que me había gastado 25 bahts (1 Euro = 40 o 41 bahts según el dia) cuando levanto la mirada y veo que a la luna le han dado un mordisco y se han llevado por delante la mitad de su brillo.

El eclipse de luna duró más que mi cena y me dio tiempo a acercarme al 7-Eleven de la esquina y comprarme una cerveza que saqué a la calle y, junto a mi casa de huéspedes, apoyarme en un poste de teléfonos para ver como menguaba el pequeño acompañante de nuestro planeta. En manga corta. En Bangkok. Sin prisas.

No se dónde estaré dentro de diez años, y me consta que ahora no estoy donde imaginaba - ni se esperaba - hace una década. También me consta que mi camino - o la aparente ausencia de él - es incomprendido la mayoría de las veces y menospreciado - para algunos desde el cariño y el "querer lo mejor", para otros desde la simple envidia - en algunas. De todo hay, de todo tiene que haber. Incluso acusados hippies de derechas.

Tal vez esté loco por viajar mucho y escribir poco y mal. Tal vez algún día me paguen por ello. No por ser loco, sino por escribir. Tal vez tenga cojones por ser yo quien decide cuando y cómo. Tal vez los cojones los tenga quien se queda en la ciudad que le vió nacer y en la que suda de 9 a 7 de lunes a viernes. Y en otros sitios los fines de semana.

Tal vez no existan los cojones ¿saben?. 

Tal vez sólo exista la posibilidad de decidir cómo y dónde se suda.