miércoles, 20 de agosto de 2008

Con la piel de gallina

Después de comer, abrí la página de El Mundo y me quedé de piedra al ver las primeras noticias del accidente del avión de Spanair. Las cifras han ido subiendo sin parar, dos, doce, veinte, cuarenta, cien...

Entre El Mundo y la BBC, en una esquina de la pantalla del portátil, la angustia no cesa. Horrible, horrible, horrible.



Recuerdo un vuelo en el que despegaba de Santiago de Chile y, después de dos horas embarcados con un sol de justicia (un avión militar tuvo un problema al aterrizar y se quedó en medio de la pista, impidiendo más aterrizajes y despegues), el comandante del aparato indicó que se había detectado un problema en uno de los motores y que volvíamos a la terminal. Sientes enfado, impaciencia y te acuerdas de la madre que parió a los de Iberia y sólo de refilón se te pasa por la cabeza que mejor descubrir el problema en tierra y a tiempo, que en pleno vuelo.

No todo el mundo tiene la misma suerte.

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