No falla, el día que me voy de viaje nunca es tranquilo. En el medio día de trabajo, me ha aparecido un (nuevo tipo de) error a la hora de procesar un contrato. Además, al intentar reconciliar las necesidades de la empresa que me paga el salario con las mías propias, he cumplido éstas últimas sólo parcialmente: no he mandado dos emails a dos amigos para confirmarles que llegaba, a otra amiga para confirmarle que las carreteras asturianas ya estaban desbloqueadas pero que ha de seguir envidiándome, pues es muy posible que vea nieve, un pequeño texto de despedida temporal de mi blog (en mi casa no hay Internet y el vecino que tiene WifI y al que me he ofrecido a pagarle una parte por su uso, me ha ignorado más que un gato a una visita inesperada) etc.
Un escándalo, vamos.
Y hoy era el día elegido para intercambiarnos los regalos del Kris Kindle (el amigo invisible) que me ha llevado a las siguientes conclusiones;
- Como soy el único varón no gay del equipo, a mi Team Lead le ha parecido oportuno regalarme un coche de Formula 1 con sonido y un monstruoso 4x4 (ambos de juguete, aclaro)
- A Paul no le ha hecho mucha ilusión la caja de galletas belgas que le traje de mi u´timo viaje. Además, el chocolate con extracto de gengibre (“Sexy” ponía claramente de nombre) que era mi segundo regalo, tampoco le ha puesto a dar botes.
- Tanto él como Dragana se han pasado de los 10 euros de presupuesto acordados y le han regalado a Claire un libro sobre Obama y un reloj despertador.
Henchidos de felicidad nos dirigimos a comer, gentileza de la empresa, a un restaurante pijo a cinco minutos de la oficina (y yo preocupado porque eran las doce y media, quería coger el autobús antes de las dos y mi avión despegaba a las cinco). Una sopa de cebolla con (un) crouton gigantesco de roquefort, un plato de raviolis abiertos con pollo y crema de champiñones (y que a primera vista parecía la ración infantil) y dos copas de vino blanco después, salíamos del restaurante mientras yo no dejaba de mirar el reloj.
Como ellos no viajaban, y me tienen una secreta envidia por ello, se pararon a comprar bombones para regalar a los de otro departamento. Con su beneplácito, yo me volví corriendo a la oficina a buscar mi mochila y la maleta que arrastré los cinco minutos que me separaban de la parada del Aircoach (el autobús más directo que te lleva al aeropuerto).
Plantado allí, a las dos y siete, respiraba, por fin, tranquilo. Veinte minutos después ya no lo estaba tanto, y las tres menos veinte ya me veía parando un taxi. Finalmente, a las tres menos cuarto el familiar vehículo azul aparecía a lo lejos.
Desde que subí a él, se me iban los ojos al reloj sabiendo que era imposible no perder el avión y también con ello el ALSA a Asturias.
Cincuenta y seis minutos antes de la hora de despegue, entraba sin aliento en el aeropuerto arrastrando sin contemplación una maleta que ya estaba a punto de perder una rueda y que ostentaba un precioso agujero a la misma altura. Casi sin respiración me puse en la cola que tenía un monitor con el ominoso anuncio de “Closing flights”. Cuando me llegó mi turno, al poner la maleta sobre la cinta transportadora, la chica de Ryanair me informó amablemente que, dado que pesaba 18 kilos y el máximo eran 15, debería pagar 45 euros por el sobrepeso, a razón de 15 por kilo.
El jueves por la noche había pesado por separado el contenido y no llegaba a 14 kilos. La conclusión obvia y doble es que la báscula de casa no está muy fina ni yo tan delgado como creía.
En estos casos todos lo que viajamos en una low cost hacemos lo mismo, un “trasvase” entre el equipaje facturado (máximo 15 kilos) y el que subimos con nosotros a la cabina (máximo 10 kilos). Tras hacerme pesar la mochila que iba ser mi equipaje de mano, con sus 8,4 kilos, la chica me indicó que me podía apartar a un lado y volver cuando hubiera redistribuido el peso, aunque las matemáticas auguraban que aún así iba a tener que pagar.
Junto a unas básculas, que estaban allí para facilitar la labor, comencé a pesar otra vez mi equipaje, pero las cifras coincidían con las de Ryanair. En sólo unos minutos, 8,4 más 18 tenían que sumar 25 en lugar de 26,4.
Como lo mío no es romper leyes de la física, saqué los guantes y aproveché los bolsillos de la cazadora para llenarlos de…libros. A ocho minutos del cierre de la puerta de embarque, mis dos bolsas pesaban 25, 2 kilos y ahora sí, los 15,2 de mi rota, vieja y flexible bolsa de deporte podían irse a la bodega de carga.
Y yo, intentando pasar como una exhalación por el control de seguridad, buscando la puerta de embarque, corriendo por la parte nueva del aeropuerto, llegando entre jadeos a la número D69, viendo que todavía había cola, aunque en el monitor indicaba que el vuelo estaba a punto de despegar en dirección a Stansted (Reino Unido).
¿Stansted? ¿Stansted? ¿Cómo que no Madrid? Vuelvo a comprobar los monitores y el número de la puerta de embarque coincide con la que tengo delante y desde la que llaman por megafonía a un pasajero que llega con retraso (y no soy yo).
Así que después de todas mis preocupaciones, carreras, nervios, prisas, y desvelos, el vuelo de Ryanair de las cinco de la tarde a Madrid no acaba de despegar hasta pasadas las seis y cuarto.
¡Olé!
(Nota: de los tres últimos vuelos que yo he cogido de Ryanair, que presume de puntualidad, sólo uno, el Charleroi-Dublín, ha salido a su hora. Y los otros dos, Dublín-Madrid y Madrid-Dublín – que hasta el 29 no me toca – han sufrido un cambio de horario – un eufemismo para decir que no llenaron el vuelo de la tarde y nos meten a todos en el de la noche).
(Nota II: En todas partes cuecen habas. El ALSA de las 23.59 que sale de la T4 de Barajas con destino final Avilés, no existe.
Al filo de la medianoche llegó un ALSA con destino Zaragoza y unos minutos después otro con destino León. Por aquello de que uno a veces pregunta, pese a ser hombre, el conductor del primero me indica que vaya a hablar con el del segundo “no sea que te deje en tierra”. En efecto, con una absoluta falta de tacto, que roza la grosería, “vuelve” a repetir que se suban todos al autobús que nos va a llevar a Méndez Álvaro – Estación Sur de autobuses - y allí cada uno ya se irá al ALSA que le lleva a Asturias, León o donde sea. Pero que se suban ya, que se va en cinco minutos y que el que se quede en tierra, en tierra se quedó. Chimpún.
El ALSA-sauna que no para hasta Pola de Lena, y que se convierte en ALSA-nevera en cuanto cambia de conductor, no sale, pues, hasta las doce y media de la noche)
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